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Un día en la guerra – Parte XI

«Con el ajedrez se aprende el hábito de no desanimarse cuando pasamos por un mal momento aparente, el hábito de tener esperanza en cambios favorables y de perseverar en busca de recursos.»
Benjamin Franklin

Una carga de caballería perfectamente ejecutada al traste. No sabemos muy bien cómo pues la nube de polvo se nos mete en los ojos y apenas podemos ver, pero a nuestro lado pasan caballos con jinetes heridos que se repliegan a nuestra espalda. No sé si volverán a atacar pero espero que así sea. Si no mal vamos.

Los blancos uniformes vuelven rasgados sobre las armaduras, sucios de un brillante carmesí que muestra la magnitud de la debacle. Entornando los ojos puedo apreciar la batalla, los cuerpos inmóviles de humanos y bestias sobre los que otros pelean con los continuos jadeos y gritos embotando mis oídos. No sólo veo la sangre, la huelo también. Pringosa y abundante entre los cadáveres me pone los pelos de punta y hace que me entren ganas de vomitar. Y nosotros con paso firma hacia allá, directos al matadero.

Al vernos avanzar tan decididos al epicentro de la catástrofe, lo que queda de nuestra caballería pesada forma de nuevo y nos adelanta para volver a cargar, más por pudor que por ansia de batalla, intentando mostrar un valor que en realidad ninguno sentimos. Bueno, quizá el capitán sí, avanzando impasible con el ceño fruncido y cara de importarle un pimiento la suerte de nuestra unidad montada, dispuesto a enviarnos a todos al mismísimo infierno si es necesario. Nosotros le seguimos por donde diga, quizá no de buena gana –porque cada vez me doy más cuenta de que a este tipo le da igual ocho que ochenta–, pero sí ávidos de salvar la honrilla que cada uno salvaguardamos en nuestro interior.

Cuando creo que el capitán va a dar la orden de ataque alza un brazo y echa la rodilla al suelo. Toda la primera fila le imita, sabiendo el resto lo que debemos hacer. Apenas somos treinta hombres, por lo que nos colocamos en tres filas, los primeros con la pica bien asentada en tierra, y segundos y terceros apoyando en línea recta. En el momento que nuestro líder termina la comprobación de la formación el suelo retiembla una vez más anunciando la inminente carga. No puedo tener la mandíbula más apretada cuando los caballos se estrellan contra nuestras armas estallando en una nube de sangre y astillas que nos ciega temporalmente. Un jinete sale volando de su montura y cae sobre mí, tirándonos a varios hombres al suelo. En un acto reflejo me llevo la mano a la cadera y desenvaino mi daga, buscando a ciegas el pliegue de la axila en su armadura. Tras dos pinchazos que resbalan sobre el metal un alarido que resuena dentro del yelmo me indica que el tercero ha dado en el clavo, y abrazándome a mi enemigo ensarto mi hierro con saña en su carne, una y otra vez hasta que sus movimientos se van apagando y puedo quitármelo de encima. Sin perder un instante tomo una espada y me lanzo a por otro borrón vestido de negro.

La batalla continúa entre mandobles, faltándome el resuello cuando abato al tercer contrincante al que me enfrento. Mi resistencia es muy baja, pero me anima ver a dos hombres atravesando a otro con una pica y al capitán agitando enfervorecido un desgarrado pendón negro en el aire. Los pocos rivales que quedan en pie huyen despavoridos dejando sus armas y monturas a su suerte. Pronto nuestro líder alza su espada orgulloso montado sobre un caballo blanco que parece reconocerle como nuevo dueño. Entonces es cuando todo se tuerce: una lanza rasga el aire atravesando al capitán de parte a parte, cayendo al suelo de costado. Los pocos que quedamos miramos alrededor intentando adivinar quién ha hecho el lanzamiento, escudriñando entre las largas sombras que arroja el atardecer una figura quieta a unos diez metros de donde nos encontramos. Uno de los jinetes nos mira desafiante esperando a que le ataquemos, seguro pese a estar en clara desventaja. No entiendo por qué parece tan confiado hasta que no veo a su espalda la llegada de una unidad de caballería ligera trotando hacia nosotros con un estandarte negro al frente.

Ante la sorpresa general me descubro gritando varias órdenes a mis compañeros, que tras un instante de duda reviven tirando de experiencia y oficio. Recogiendo restos de picas del suelo creamos una pobre empalizada frente al lugar donde ha caído el capitán y esperamos la inevitable acometida. Solamente quedamos diecisiete soldados en pie, cada uno empuñando un arma de distinto tamaño, alguna terminada en un palo tronchado después de descabezarse en la carga anterior. Los caballos enemigos aminoran la marcha al vernos tan decididos, como dudando si vale la pena arriesgar el pellejo por acabar con apenas veinte desgraciados que no tienen nada que perder. Debemos tener un aspecto horrible, pienso; heridos, sucios, desarrapados… cualquiera se lo pensaría dos veces antes de cargar, llevando como llevamos la miseria en los rostros y la muerte en la mirada. Probablemente demos pena, pero seguro que algo de miedo también. Por eso no se deciden a atacar.

A nuestra espalda se escuchan, quedos, los balbuceos de nuestro capitán, que no parece dispuesto a irse de este mundo sin pelear hasta el último aliento. No alcanzamos a entender sus palabras, atragantado probablemente por la sangre que intenta escapar de su cuerpo, pero nos anima saber que sigue ahí. Si él lucha, nosotros lucharemos.

Por un instante creo que la fortuna se va a poner de nuestra parte de nuevo. Que la caballería enemiga pasará de largo escupiendo a nuestros pies haciéndonos ver que no valemos la pena. Pero ese instante dura bien poco. No sé a qué distancia se encuentran cuando empiezan la carga, pero es más que suficiente como para tomar impulso y mandarnos a todos al infierno. No cedáis, nos parece oír la voz del capitán, aunque bien puede ser nuestra imaginación aferrándose a cualquier cosa que nos mantenga en nuestro puesto. Yo estoy colocado en medio, hombro con hombro con mis camaradas, mirando a la muerte a la cara si es que esta decide venir.

El suelo se sacude bajo nuestros pies tanto que los dientes me castañetean, y no puedo evitar cerrar los ojos cuando el choque es inevitable. Sé que hago mal, pero no siempre se puede ser valiente hasta el final. No yo, al menos. Por eso no veo que, mientras espero con mi pica en el aire a la altura que creo se clavará con más precisión en las tripas del caballo, la carga enemiga se abre en dos evitando el golpe de frente. Sabiendo que nuestra capacidad de maniobra es nula, nuestros rivales nos han hecho creer que buscaban el impacto directo y sin embargo lo que querían era reducir más aún si cabe el número de enemigos. Así al romper la formación han pasado a nuestro lado sable en mano, convirtiendo nuestros desprotegidos flancos en una carnicería de miembros cercenados y cabezas partidas que ahora rodean a los nueve hombres que quedamos en pie con cara de imbéciles. Un magnífico planteamiento ejecutado de una manera ejemplar. Hemos perdido a ocho compañeros mientras ellos sólo tienen dos jinetes en el suelo a los que rematamos en cuanto podemos reaccionar.

Toda la frustración que siento la descargo contra las tripas del cadáver más cercano, al que atravieso con mi pica sin miramiento alguno. No es la reacción más inteligente, lo sé, pero me da igual. Si antes era difícil defendernos ahora directamente es imposible. Por ello miro a mi alrededor observando tras una mancha roja que me emborrona la mirada –tengo la cara empapada de sangre no sé desde cuándo– cómo la columna de caballería enemiga vuelve a formar para lanzar una nueva batida. La definitiva. Esta vez no busco una pica, me limito a tomar la espada más cercana con la que espero poder cortar la pierna del jinete que me pase por encima. Una pequeña victoria moral.

Respiro hondo, miro el sol escapando por el oeste para ceder el testigo a la noche, y la suave brisa me arrulla por la espalda. Un escalofrío me recorre todo el cuerpo mientras balanceo el peso del arma en mi mano, dispuesto esta vez a mirar a la muerte a los ojos sin pestañear. El viento sopla de nuevo, esta vez más fuerte, sonando incluso amenazador. De pronto caigo en que no es el aire lo que suena, sino un bramido que conozco perfectamente y que hace que el corazón me salte en el pecho. Cien sombras vestidas de blanco marchan hacia nosotros siguiendo el paso marcado por el redoble de un tambor.

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