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Un día en la guerra – Parte XII

«Hay dos clases de sacrificios: los correctos y los míos.»
Mijaíl Tal

La herida del costado sangra demasiado como para no preocuparme. Hace rato ya que no me muevo de este lugar, apoyada la nuca sobre la tripa de un caballo muerto y rodeado de cadáveres de amigos y enemigos. Nada importa realmente… este parece un sitio tan bueno como cualquier otro para morir.

La llegada de la compañía de piqueros nos insufló ánimos, corriendo hacia ellos tan rápido como nuestras piernas, torpes tras todo el día batallando, nos permitieron. A nuestra espalda resonaban los cascos de la caballería enemiga, que quería acabar con nosotros antes de que llegásemos a la seguridad de la empalizada de picas. Sólo tres pudimos guarecernos tras ella, cayendo mis otros seis compañeros en el intento. Sólo tres de la compañía que inició el asalto al cerro la noche anterior.

Ya entre camaradas pude descansar un instante, protegido por las líneas de picas que nos daban cierta tregua. Cerré los ojos desentendiéndome totalmente de la batalla y me senté en el suelo a esperar. Los soldados que acababan de llegar no tenían pinta de haber luchado en toda la jornada, por lo que creo que me lo había ganado. Que se matasen ellos un rato mientras yo disfrutaba de un breve tiempo de paz.

Tan absorto estaba yo en mi solazo que no me di cuenta de que la línea defensiva se había roto, llegando hasta nosotros un salpicón de sangre de rocín y su jinete volando por los aires. Poco duró vivo entre tanto hierro enemigo. Esto nos puso en guardia a los tres supervivientes de mi batallón, que nos hicimos con unas espadas y apoyamos a nuestros compañeros con toda la energía con que fuimos capaces. De eso hace ya al menos una hora, y no me quedan fuerzas en el cuerpo para seguir peleando. La noche se va cerrando, ganando su particular batalla contra la luz desde el este, o puede que sean mis ojos los que se van nublando poco a poco en busca del descanso eterno.

No sé cómo acabará la guerra. Puede que nuestra caída propicie la victoria desde otro lado del campo de batalla, que seamos un simple movimiento dentro de todo el engranaje que ha puesto en marcha nuestro alto mando… como ya he dicho poco me importa ya. Nosotros hemos hecho nuestro trabajo mandando al infierno a todo enemigo que ha osado ponerse a nuestro alcance y con eso estoy satisfecho. Sólo la llegada del cuartel general enemigo al completo ha podido con nosotros: paladines con armas tan bellas como mortíferas, gruesos generales montados en bestias majestuosas, pendones negros tan brillantes que incluso con las últimas luces del día refulgían mientras iban matándonos uno a uno. Tiene gracia que incluso en la muerte –en mi muerte– parece mostrarse algún tipo de macabra fastuosidad. Quizá soy un optimista, después de todo.

Noto pasos cerca y veo una figura tocada con un aparatoso yelmo con forma de corzo que se acerca hacia donde me encuentro. Me observa a través de la visera y yo le mantengo la mirada. Podrá matarme pero se quedará con la imagen de mis ojos clavados en los suyos hasta su último día. Me aprieto el costado e intento colocarme todo lo recto que puedo mientras él desenvaina su espada. Al menos va a tener la decencia de terminar con esto rápido. Alza el filo y me observa largamente, como esperando una señal. Yo respiro hondo y asiento. Estoy preparado. El caballero –por sus formas no queda otra que tratarlo como tal– asiente a su vez y prepara el golpe. El mundo se para un instante y entonces escucho el metal silbando por el aire derramándose sobre mí.

Un zarandeo me hace abrir los ojos. Veo a mi madre sonreir tiernamente como lamentando haberme despertado. Parpadeo varias veces intentando escuchar lo que me dice. Que si quiero continuar la partida, tal y como habíamos quedado. Aturdido aún, recuerdo que me he quedado dormido en el sofá después de comer, y que en la mesita nos están esperando treinta piezas, con ambos bandos contando con un peón de menos, colocadas elegantemente sobre los sesenta y cuatro escaques.

Dos minutos más tarde estoy sentado frente a mi madre revisando mi estrategia al tiempo que retomo los cálculos que había hecho antes de darnos un descanso para comer. Tengo un peón en el centro atacando a un caballo, aunque tomar la pieza llevaría a una serie de combinaciones que dejarían a mi reina completamente desprotegida a cambio de lograr una posición muy interesante para mí. Mi madre me mira intrigada, dudando de si seré capaz de sacrificar la dama tan pronto. Yo dudo también, pues no en vano ha sido ella la que me ha enseñado todo sobre el juego y darle una ventaja temprana no parece lo más adecuado. Entonces me acuerdo de mi sueño y sonrío. Vamos a tomar la loma y a acabar con la unidad de caballería enemiga.

Con aplomo alzo la mano arrastrando el peón, que en mi cabeza toma la forma de una unidad de piqueros enfilando el cerro al alba, y me como su caballo. Mi madre me mira en silencio con una ceja levantada mientras mis oídos imaginan los bramidos de las bestias y los alaridos de los hombres. Yo sonrío esperando su respuesta con el plan de batalla perfectamente estudiado, las armas afiladas y mi humilde pieza dispuesta a convertirse en la punta de lanza de mi ejército. Recuerdo a mi capitán, con su gesto adusto y su melena enmarañada, y ensancho mi sonrisa al saberme victorioso de antemano. Sin sangre ni muertos, tan sólo reflexión y firmeza.

Al fin y al cabo todo ha sido una partida de ajedrez.

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