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Un día en la guerra – Parte IX

«Nunca se ha ganado una partida abandonándola.»
Savielly Tartakower

Jamás he visto actuar un arcabuz. Me han hablado cientos de veces de cómo funciona, incluso llegué a tener uno en mis manos, pero jamás lo he visto funcionar. Hasta hoy. El seco estampido del disparo, la nube negra de pólvora y el brusco movimiento del tirador hacia atrás son la maravilla técnica más fascinante que he presenciado en mi vida.

No puedo apartar la vista de la tormenta de hierro que arrecia bajo nosotros, con la unidad enemiga descargando sus armas contra nuestros compañeros sin piedad, atacando de frente pendiente abajo con toda la ventaja posible. Pronto el pendón blanco cae en el barullo de animales heridos y hombres moribundos mostrando la incapacidad de nuestra caballería pesada de defenderse ante la brutal acometida, desorientados ante la inhumana carga que les llega desde el cerro. Las patas de los caballos se entrizan entre los cadáveres cayendo unos sobre otros, haciendo más fácil aún la tarea de la columna enemiga. Y yo no puedo apartar la vista, atónito ante el dantesco espectáculo. Ni siquiera cuando el viento trae la oscura pólvora hacia nosotros cierro los ojos, que me lagrimean enrojecidos al forzarlos. No quiero perderme ni un ápice de la contienda.

Algunos caballos huyen sin sus jinetes, uno incluso lleva el cadáver de su dueño colgando de la estribera derecha. La sombra de los animales varía su rumbo para evitar chocar contra una masa informe que apenas veo a través de las lágrimas que inundan mis ojos. Entornándolos finalmente puedo apreciar la marcha decidida de una unidad de piqueros. Parece que el alto mando ha resuelto apoyarnos de verdad y acerca todas las fuerzas posibles al cerro; y hay que reconocer que no es mal momento para hacerlo: tras la descarga de los arcabuces los jinetes enemigos no van a poder recargar con la suficiente rapidez como para desbaratar la primera línea de picas, por lo que si nuestros hombres maniobran con suficiente rapidez podrán ganar con facilidad. Apenas diez tiros restallan en el aire sobre las voces de la infantería, que ya avanza con decisión empalando hombres y bestias en lo alto de sus armas. Hemos perdido una unidad de élite y habrá más bajas en la contienda, pero al menos hemos neutralizado el ataque razonablemente bien.

Miro al capitán, que parece entre triste y orgulloso, sin un ápice de socarronería en el rostro. Parece afectado por la forma en la que han muerto nuestros compañeros, pero su gesto no termina de estar velado por la pena. El honor de soldado viejo brilla en su mirada, conmovido por el sacrificio de los hombres que han dado su vida por la única causa verdadera: la lucha por un camarada y, de forma sutil pero también ligada a ella, el amor propio. Parece que va a abrir la boca para hablar pero algo entorpece ese pensamiento, llevándole a tensar el cuerpo poniéndose en guardia. Extrañado, vuelvo la vista hacia abajo y comprendo perfectamente el motivo de su turbación. En el cerro la caballería ligera enemiga ha visto a los piqueros avanzar y están formando ladera arriba, huyendo ante el avance de nuestras tropas. Y lo único que se interpone en su repliegue somos nosotros, que con apenas treinta soldados no podemos hacerles frente por mucha ventaja de terreno que tengamos. Hay que moverse.

Sintiendo retemblar el suelo bajo nuestros pies, corremos hasta donde se encuentra el resto de la compañía, que a las voces del capitán comienza a formar contra la pared de roca con la única idea de que parezcamos lo suficientemente peligrosos como para que pasen de largo. Después de ver cómo sus arcabuceros caían es lógico pensar que su moral esté baja y no quieran jugársela con nosotros, aunque claro, también es comprensible pensar que el orgullo herido y los muertos en la retina les fuercen a cargar contra nosotros, lo que supondría la debacle absoluta… poco importa todo esto si no llego a tiempo para parapetarme tras el murete de picas que están levantando mis compañeros. Ya habrá tiempo después de ver cómo reacciona el enemigo.

Corro como jamás he corrido en mi vida cuando reparo en que solamente somos tres los hombres que vamos hacia nuestra maltrecha unidad, y el capitán no aparece por ningún sitio… Mirando por encima del hombro le veo trastabillando sin poder seguir nuestro ritmo. Entonces reparo en la herida que se hizo en la pierna durante el encontronazo con los arqueros, y sin pensarlo dos veces doy media vuelta y llegando a su altura le tomo por un brazo, se lo paso sobre mis hombros y tiro de él para ponerlo a salvo. Por suerte dejamos rápido el borde del camino y ese tiempo nos permite cruzar la empalizada de picas justo cuando la columna de caballería aparece en el altozano. Allí están, brillante el metal al sol de la tarde, levantando una nube de polvo que sube entre remolinos, con elegantes bestias que podrían partir la espalda a un hombre de una simple coz. La banderola negra llevada por el primer hombre de la fila trotando hacia el este, hacia nosotros.

Ellos nos miran. Vemos cómo nos miran, sus pupilas de odio clavadas en nuestras pobres figuras atrapadas contra la pared, pero en vez de intentar flanquearnos con un movimiento de pinza –son muchos más que nosotros, por lo que podrían hacerlo perfectamente– deciden pasar de largo sin hacernos más caso que el que harían a un roble solitario. Ni una amenaza, ni un gesto, nada. Cuando el último de los caballos se pierde de vista nuestros compañeros bajan sus armas y nos miran al capitán y a mí con cara de preocupación. Mi superior me da un par de palmadas en el hombro y haciendo gala de su flemático carácter se levanta con aire solemne sin mediar palabra.

El viento vuelve a soplar levantando una sombra de polvillo que nos hace entrecerrar los ojos mientras la pared de picas se eleva de nuevo al escuchar el suelo temblar bajo los cascos de unos caballos invisibles que se acercan. El enemigo parece haberse pensado mejor la posibilidad de acabar con nosotros y dejar el altozano libre de rivales, por lo que tomo mi arma y me hago un hueco entre dos pares de hombros esperando lo peor. Cuán grande es nuestra sorpresa – y nuestro alivio– cuando vemos asomar desde la cuesta una columna de arqueros a caballo vestidos de blanco inmaculado, no pudiendo reprimir un bramido de alegría. El pendón de vanguardia se gira hacia nosotros al oírnos, y reduciendo la marcha forman frente a nuestras armas adelantándose el que parece el líder. Desmonta y busca con la mirada a su homólogo, aunque duda cuando nuestro capitán se adelanta unos pasos y hace el saludo correspondiente. Qué diferentes parecen ambos, tan gallardo y elegante el arquero frente a un simple cabecilla de infantería con la cara sucia, la ropa rasgada y heridas mal vendadas. Qué diferente la suerte de los hombres.

Desde donde me encuentro, en la última fila de soldados, apenas puedo escuchar las quedas palabras que intercambian los dos hombres. Tampoco tengo especial interés en conocerlas ya que la sola visión de una columna de arqueros a caballo perfectamente formada a nuestro lado es suficientemente reconfortante después del día que llevamos. Por fin el alto mando parece dispuesto a apoyar nuestro avance, lo que los que quedamos en mi compañía agradecemos. Si somos afortunados puede que nos releven en el frente, llegando fuerzas nuevas para luchar en primera fila mientras nosotros descansamos en la retaguardia. Seguros, bien abastecidos y con los cuidados apropiados.

Mientras yo elucubro la charla ha terminado y nuestro capitán da media vuelta con gesto sombrío. Mi primera sensación al verle es de desaliento, mas conociendo la perenne seriedad de su rostro prefiero pensar que no quiere decir nada. Dejamos pasar a nuestro líder y le rodeamos al tiempo que el arquero se acomoda en su montura y da orden de continuar a los suyos, creando un batiburrillo de voces, choques de armas y cascos que inunda el ambiente. Cuando se alejan nos enteramos de las buenas noticias y de las malas noticias: Las buenas son que estamos lanzando el ataque definitivo sobre la posición enemiga, y que los heridos de nuestra compañía están siendo guiados loma abajo para ser atendidos. Las malas nos atañen a nosotros –otra vez–, y es que vamos a mantener esta posición para asegurar un paso franco al resto de nuestras tropas. Debemos apartarnos de la pared y defender el acceso al altozano, algo que al parecer no podemos hacer a cincuenta metros de distancia. Como si estos cincuenta metros fuesen la diferencia entre ganar o perder la guerra.

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