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Noche de caza

Le veo llegar al local con modos de galán de telenovela, pasando sutilmente dos billetes de veinte euros al portero en un efusivo apretón de manos. Parpadeo sorprendida ante el gesto, que creía exclusivo de películas de mafiosos y comedias románticas. Una razón más para fijarme en su rostro en penumbra y sus anchas espaldas cuando le abren la puerta. Cuarenta euros por no tener que esperar la cola de más de veinte personas que casi llega a la esquina de la manzana. Alguien valora mucho su tiempo.

Fumo un cigarrillo en la otra acera, por eso puedo ver la transacción. Mis cosas me esperan en el bar, de modo que no tengo más que arrimarme a la entrada y el segurata —que no se atreve a mirarme a los ojos— me cede el paso sin saber si abrirme la puerta o no. Es lo que tienen estos tiempos, que la caballerosidad encuentra mal encaje. Un instante de vacilación después el tipo acciona el picaporte y se aparta, recibiendo a cambio el guiño que hace que en su rostro se dibuje una sonrisa bobalicona.

El pub tiene un pequeño pasillo de entrada que hace una curva en la que queda el ropero, donde veo a mi galán de medianoche encandilando a la chica que le atiende. Número 34, creo que ambos nos acordaremos, Elisa, oigo que dice seductor. En lo que yo he cruzado la calle el tío se ha camelado ya a la tal Elisa, esto va a ser interesante. Al fondo del local la gente rodea el piano mientras una mujer entrada en años desafina la chica ye-yé entre risas y alcohol. Yo voy a lo mío, al hueco en la barra guardado por Matías, el camarero. Le pido un Jameson con hielo y no me hace esperar. Ha dejado a un hombre con la palabra en la boca para atenderme, recibiendo mi sonrisa y un leve apretón en el brazo como regalo. Y él tan feliz, tan simplito intentando agradar.

Dos sorbos de whisky y una nueva canción —por fin han terminado de desgraciar a la ye-yé— y estoy lista para que el galán de telenovela me capture. Porque tiene que ser así, si quiero llevármelo tengo que dejar que parezca que controla la situación para no atentar contra su orgullo de macho. La cuestión es cómo, porque no pienso jugar a la damisela en apuros. Alzando la vista le veo, al fondo junto al piano, camuflado entre los que esperan su turno para cantar como un tigre en la sabana. Calculando opciones en busca de la mejor pieza. Se ha pedido una copa, un coctel parece, que espero que no sea uno de esos Old Fashioned que se pusieron tan de moda entre machitos que se las querían dar de Don Draper bebiendo esa mariconada dulzona. A un empotrador jamás le sabría la boca a chicle de fresa.

Le estudio por el rabillo del ojo y distingo maneras de profesional, de tío que sabe de qué va esto pese a ser más joven de lo que quiere aparentar. Andará por los treintaypocos, pero con el traje que ahora veo que es azul oscuro, el pelo corto cruzado por alguna cana y la barba de dos días trata de dárselas de hombre interesante cercano a los cuarenta. Lo justo para poder cazar tanto señoras experimentadas como jovencitas de su edad, según se dé la noche. Podría estar trampeando con chavalas de ventitantos en la discoteca pachanguera de turno, pero sin embargo está aquí buscando caza mayor. O pasa de niñatas que le pueden llamar acosador por arrimarse más de la cuenta en la pista de baile o en realidad le va la marcha. En cualquier caso, ya digo: esta noche es mío.

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