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Noche de caza II

Apuro la copa y decido tantear el terreno; ver cómo se desenvuelve el depredador cuando la carnaza se acerca. Alzada sobre mis tacones negros —lo justo de altos para que realcen la pierna, no soy masoquista— pongo rumbo hacia el baño, que está justo detrás de donde el galán ha establecido su posición de salida. Según camino dejo que la falda de tubo granate ciña mis formas al andar, de manera que la blusa, convenientemente vaporosa y escotada, deje intuir el premio que se puede llevar a casa. Paso a su lado sin mirarle, pero algo me dice que ya he entrado en su radar; que de entre todas las miradas que llevo clavadas en las posaderas la suya, de refilón, también observa mi contoneo. Bien.

En el baño hay de todo: mujeres borrachas acompañadas de una amiga para mear, mujeres en corrillo comentando la jugada, mujeres empolvándose la nariz y mujeres que se maquillan de verdad. Mujeres, en definitiva. Me abro paso entre dos grupitos de cotorras que ocupan todo el espejo y estudio mi rostro para encontrar posibles fallos en las pinturas de guerra. Un codo apuntador de selfies me zarandea dificultando el retoque de la sombra de ojos, que por fortuna es lo único reprochable al conjunto. La fina línea del párpado, el colorete y el rojo carmesí de los labios se mantienen intactos; dispuestos para tentar el escarceo nocturno. Fui a la peluquería hace tres días por lo que el tinte sigue en su máximo esplendor dando a mi melena corta y amarronada los brillos justos para apuntar una juventud que encanece peligrosamente rápido. Por suerte mis ojos claros son tan brillantes como cuando era una niña, y amaestrados por los años desarman a cualquiera que se me ponga por delante.

Miro el reloj y veo que han pasado cuatro minutos, por lo que decido esperar otros dos o tres más haciendo cosas poco glamurosas pero que al abrigo de mis compañeras de trinchera puedo hacer sin recato. Me recoloco las tetas dentro del sujetador, reviso no tener pintalabios en los dientes ni posibles restos de la ensalada que he cenado pegados a las encías, me subo las medias… esas cosas que bajarían a Charlize Theron a la altura de cualquier mujer del barrio. Pero eh, que no se rompa el encanto. Las señoritas olemos siempre a flores y no nos tiramos pedos. No vaya a ser que a los sementales se les pase el hechizo.

Al salir de los servicios veo que el galán ha cambiado de posición, flanqueando ahora mi paso más cerca de donde Matías reserva mi hueco. El muy cabrón debía de haberme echado el ojo antes de mi maniobra. O eso o se ha cansado de los berridos del grupo que rodea al pianista. Por el bien de mi ego pensaré lo primero. Ahora tengo que llegar a mi sitio y ver de qué manera consigo, sin perder la honrilla, que el fulano este se arrime. ¿Tropezón tonto quizá? ¿Sonrisita tímida? ¿Guiño picarón? Ni de coña. Guiño picarón ni de coña. Eso es ponerlo demasiado fácil y una vale lo suyo.

Nada más llegar a mi sitio Matías hace ademán de acercarse para ver si quiero otra copa, pero detengo su avance con una mirada que deja claras mis intenciones. Ahora le toca pagar a otro, chato, en un rato te lo cuento. Después me giro con naturalidad y veo que el galán ya está calentándole la oreja a una barbie platino con el largo de la falda inversamente proporcional a la generosidad del escote. Por un momento dudo de mi misma… al fin y al cabo dos tiran más que dos, y ese minivestido está tan ceñido que se le nota hasta el ombligo. Pero tras observar la escena con calma algo en la mirada de ella me da a entender que no. Que no me he equivocado. Que ella está molesta porque pese a su atuendo él no ha caído aún, y eso no puede ser. Es entonces cuando unos ojos oscuros abandonan el rostro de la barbie y se escapan por el rabillo del ojo para clavarse en mí, pillándome con la guardia a la altura de los tobillos.

Al verme cazada tiro de repertorio y me la juego con la sonrisita tímida, que es un poco bajada de pantalones pero es mejor que nada. Ya tendré tiempo de resarcirme. Luego me giro y espero. Esa es la peor parte, o por lo menos la que peor llevo, porque odio perder el tiempo. Esperar.

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