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Noche de caza IV

— Eso no es una frase —le digo haciéndome la dura cuando se sitúa de nuevo a mi lado.

— Ya te dije que soy de improvisar sin más.

— Sin más… —repito yo otra vez cerrando la distancia que nos separa un milímetro— ¿Y cómo has conseguido sentarte al piano?

— De la misma forma que me viste librarme de la cola de entrada.

Vaya con el galán de telenovela, me tiene fichada desde el primer momento. Disimulo mi sorpresa con toda la gracia que puedo llevándome la copa a los labios al tiempo que él me imita sin dejar de mirarme. Después de su exhibición creo que ha ganado dos puntos de guapura, y eso que no es la típica cara bonita: tiene los ojos muy negros pero pequeños, la nariz ancha y ese diente revirado en la sonrisa rodeada de una barba escrupulosamente descuidada; pero joder si es atractivo. Condenadamente atractivo.

— Resumiendo —le digo tras pasarme la lengua sobre el labio superior en un gesto no exuberante pero cargado de significado—, eres observador, te gustan las mujeres conjuntadas con tu traje y tocas el piano además de saber improvisar. Ese cúmulo de cualidades tendrá un nombre, ¿no?

— Por supuesto. Gabriel, Gabriel del Soto.

Del Soto. Si es que hasta el nombre lo tiene de telenovela el cabrón. Le digo el mío y se inclina para darme dos besos que resbalan sobre mis mejillas hasta caer peligrosamente cerca de la comisura del labio. Yo me hago la despistada y le dejo hacer, aprovechando para oler una colonia suave mezclada con un aroma carnal a juventud. Es más joven de lo que quiere aparentar, y digo quiere porque a estas alturas estoy segura de que en él todo es pose, un disfraz duro que poder moldear quitándole capas en función del momento y el objetivo. Después se retira dejando apenas un palmo de distancia entre su pecho y el mío.

La conversación fluye a partir de ese momento de forma natural, siempre asediada por los dobles sentidos propios del coqueteo. Es entonces cuando me doy cuenta de que mi plan de ponerle los puntos sobre las íes me está saliendo rana, y que los dos estamos tirando y recogiendo puyas en cada frase. Que sea el otro el que verbalice sus intenciones para esta noche por mucho que en nuestros ojos empiece a verse la lujuria que asoma desde nuestras entrepiernas. El licor va y viene sin que Matías tenga que recibir más que una mano alzada como seña para que caigan de nuevo mi Jameson solo y su combinado que resulta ser un Rob Roy seco. No es santo de mi devoción pero oye, al menos es whisky y no me dejará un sabor dulzón en la boca cuando me meta la lengua hasta la campanilla.

Apuro mi quinta bebida notando que la conversación se calienta, que la acumulación de copas se está yendo de las manos, y que la noche ya va acercándose al amanecer, de modo que toca planear la retirada. La vejiga aprieta así que me excuso un momento y, tras la cola de rigor, me siento en el cubículo con el bolso sobre las rodillas, la falda de tubo hecha un reburuño por las caderas y las medias y el tanga negro de encaje —hoy hemos salido a lo que hemos salido— a mitad de gemelo. Después paso por chapa y pintura y al salir le indico con un guiño nada sutil que aquí está todo el pescado vendido. Justo antes de volverme veo que comenta algo con Matías, que asiente servicial y se queda con dos billetes naranjas que mi galán le deja sobre el mostrador.

— ¿Te marchas ya Gabriel?

La chica del guardarropa parece dolida al ver que el guaperas que ha flirteado con ella se marcha con otra. Él se inventa una excusa resultona y sale del paso airoso, ayudándome con el chaquetón para después colocarse su gabardina parda. Hasta otra, Elisa, le dice zalamero, y la chica parece quedarse tranquila. Si tuviera que apostar diría que si la contienda hubiese recorrido otros derroteros él esperaría paciente a que ella terminase su turno para cobrarse al menos una pieza de consolación. A ver, es joven y mona, pero como he dicho antes Gabriel del Soto hoy ha salido a por caza mayor, y seré yo quien me lleve al trampero a casa. Otra noche, Dios dirá.

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