fbpx

Noche de caza V

El centro de Madrid es buen territorio para escaramuzas amorosas. Ya entre las sombras que los árboles arrojan tapando la luz de las farolas comenzamos un breve acercamiento con mi mano haciéndose la encontradiza con la suya. Me hago la dura un rato más hasta que el tío no aguanta y se lanza a por todas tirando de mí hacia un portal en el que nos quedamos quietos, muy juntos, con su aliento y el mío unidos en la penumbra custodiando un instante de duda antes del beso. Sus labios rozan los míos suave al principio y con ansia al final, jugueteando con las manos en mi cuello sin darme tregua. Si es que hasta en eso es bueno el cabrón, sensible y duro al mismo tiempo. Como siga así esta noche pinta redonda.

No sé cómo acabamos metidos en un taxi dándome la impresión de que en ningún momento hemos roto ese primer beso, manteniendo la compostura entre risitas tontas como dos quinceañeros que se acaban de enrollar por primera vez. Bajamos del vehículo y no se ha cerrado la puerta cuando ya lo tengo encima otra vez, devorándome con sus ojos, sus manos y sus labios haciendo que las piernas me tiemblen imaginando lo que me espera. Subimos en el ascensor desatados, con los abrigos a medio quitar, y sin darme tiempo a que encuentre las llaves en mi bolso empieza a meterme la mano por debajo de la blusa. Apenas puedo acertar con la cerradura porque un escalofrío me recorre al notar sus dedos, tibios y seguros, avanzar hasta mi húmeda entrepierna. No encendemos ninguna luz y casi sin tiempo de sacar los condones del cajón de la mesilla arreciamos el uno contra el otro sobre una tormenta de sábanas, saliva y carne que navegar entre lenguas y dientes.

Durante el desayuno, a media mañana, intento recordar cuántas veces hemos hecho el amor y cuántas hemos follado. Que no es lo mismo. Los ha habido lentos, rápidos, cariñosos, tiernos e incluso rayando el bondage. Ha cumplido con lo que prometía, el galán. Le va la marcha.

Ahora lo tengo delante, con su sonrisa de diente revirado y ojeras oscuras bajo los ojos —las mismas que debo de tener yo— dispuesto a irse por donde ha venido. A desaparecer dejando su aroma dulce a carne joven en las sábanas hasta que decida cambiarlas. Se despide con un último beso suave que tiene un leve regusto a sexo; un recordatorio de la batalla que hemos vivido juntos. Viste su traje oscuro mientras que yo llevo una camiseta bastante grande que se dejó mi ex en casa y que uso para dormir sin ningún pudor. Los preparatorios exigen un recato y una apariencia de los que el final puede prescindir perfectamente.

Antes de que se cierre la puerta del ascensor me mira por última vez y sisea un adiós con el mismo tono que se lo dijo a Elisa, la chica del guardarropa la noche anterior, encerrándose de nuevo en su fachada de guapo de telenovela. Una parte de mí desea que se despida de otra forma abriendo la posibilidad de un reencuentro más o menos fortuito para repetir la experiencia, pero pronto me doy cuenta de que eso rompería el encanto de una cacería perfecta. Reprimiendo las ínfulas románticas que brotan de alguna parte de mi interior abro las ventanas para ventilar la casa y retiro las sábanas de mi cama, mojadas aún tras el brío nocturno.

De Gabriel del Soto ya sólo queda el recuerdo que traeré de vuelta en las noches de soledad para que acompañe a mis dedos, un molesto enrojecimiento en los bajos y una anécdota cojonuda que seguro va a encantar a mi amiga Elvira, la de contabilidad, que siempre disfruta de una buena historia de sexo y conquista.

Deja un comentario