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Noche de caza III

Me entretengo mirando el móvil unos instantes, redes sociales con fotos de amistades con sus parejas o sus hijos o sus perros, tan perfectas todas que me estomagan, y de pronto me encuentro con Matías poniéndome otro Jameson con hielo sin que yo le haya dicho nada. Dice el caballero que le perdone la demora pero que tiene que despachar a una amiga, me explica el jodío de él intentando esconder una sonrisilla en su neutro gesto de barman. Tú también, Matías, hijo mío, me quedo con ganas de contestar, pero prefiero callarme y como quien sigue la partida acepto la copa —mierda, se me ha saltado el pintauñas del meñique— y decido beber sin darle mayor importancia. Ya he apurado medio vaso cuando noto que alguien se coloca detrás de mí sin resultar invasivo pero a una distancia algo más corta de la prudencial. Jugándosela.

— ¿Qué le pasaba a la Barbie? —digo llevando el mentón al hombro— ¿No tenía buena conversación?

— Su rubio no pegaba con mi traje.

Tiene una voz bonita, y ha respondido hasta con gracia. Aprovechando que el hombre que está a mi diestra deja libre un hueco en la barra, el galán se acoda junto a mí manteniendo una distancia sensata que sin embargo sigue siendo un punto más corta de lo que debería. Distancia de combate.

Tiene una mirada intensa, amable y directa que no se aparta de mis ojos desde que ha aparecido a mi lado. Con la mano levantada llama la atención de Matías, que en un derroche de oficio se aproxima con su combinado ya preparado sin que nadie haya pronunciado palabra.

— ¿Cuál es tu frase?

Le he puesto las cosas fáciles con la sonrisa tímida, pero es ahora cuando quiero ver si sabe bailar. Por mucho que el destino de la noche esté escrito tiene que demostrarme que está a la altura de las circunstancias.

— ¿Mi frase?

— Qué hace una chica como tú en un sitio como este, estudias o trabajas, ya sabes… tu frase.

Asoman sus dientes entre los finos labios cuando comprende a qué me refiero. Yo aprovecho para evaluar la sonrisa como si de un caballo se tratase y veo que tiene levemente girado un incisivo, lo que lejos de afearle el gesto le da un plus de naturalidad que lo hace creíble.

— Supongo que soy más de improvisar, sin más.

— De improvisar sin más.

— Sin más.

— Demuéstralo.

Una arruga aparece sobre su ceja izquierda, pero parece dispuesto a participar en el juego. Justo cuando entreabre la boca dejándome ver su incisivo torcido de nuevo niego con la cabeza haciéndole un gesto para que se vaya. Qué gracia tendría una frase si no llega de nuevas, diferenciando al pirata del conquistador.

Espero junto a la barra, apoyada con mi whisky entre las manos y el galán ni se arrima. Me vuelvo para comprobar si está estudiándome desde el otro lado del bar, si quizá ha querido llevar la travesura a otro nivel, pero tan sólo encuentro las caras de la clientela del local con su aburrido olor a gentío. Ni rastro de él. Algo asustada ante la perspectiva de haber tensado demasiado la cuerda clavo los ojos en la puerta por si acaso le ha dado por marcharse, y al no haber nadie allí miro en todas direcciones para ver dónde coño se ha metido.

Entonces le veo. Observándome con malicia desde la banqueta del piano. Disfrutando de mi inquietud al pensar que se había ido. Dispuesto a tocar una pieza sin apartar sus ojos de los míos.

Sé de qué va la película, que esto es un apaño nocturno, pero me conozco y también sé que el recuerdo de ese chico sentado frente al piano mirándome solamente a mí entre toda la multitud va a ser difícil de olvidar. No sé ni qué música está tocando —y me importa bien poco mientras intento que el muy cabrón no vea que me tiene loca—, pero es bonita, suave, y todo el mundo se ha callado para escucharle. Joder, si es que esto parece ya una comedia romántica. Al acabar le llueven los aplausos y más de una se le arrima intentando entablar conversación, pero él se desembaraza de la atención y se me acerca sonriendo con los hombros alzados en una pose que podría querer decir un millón de cosas.

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