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Vivimos demasiado bien

La vio por el cristal de la cafetería y supo que estaba de buen humor. Se le notaba, o más bien él, que la conocía bien, se lo notaba. En la forma de coger la cerveza y llevársela a los labios. En el entrecejo relajado y suave. En su sonrisa al verle pese a que, de nuevo, llegaba tarde.

– Ahí tienes tu cerveza –dijo a modo de saludo sin reprocharle la demora–. Y a ver si te afeitas, hippie.

Marcos se había dejado una escueta perilla adornándole el mentón, afinando aún más su ya de por sí larga cara.

– Veo que estás de buenas.

– No me puedo quejar, para qué nos vamos a engañar. Bueno –reflexionó un instante–, podría pero no me da la gana.

– Eso está bien.

Sin embargo Laura también conocía de sobra a su amigo, y nada más verle se dio cuenta de que algo no marchaba todo lo bien que debería.

– Vamos, escúpelo. Que no tengo todo el día.

El chico se removió en el asiento pero respondió rápido a la orden de su amiga.

– Venía hacia aquí leyendo chorradas de Twitter y…

– ¿Quién te manda hacer eso? Sabes que las redes sociales las carga el diablo.

– Y tanto… En fin, que estaba viendo distintas gilipolleces y me encuentro un tuit del museo de Auschwitz pidiendo por favor a la gente que no se haga fotitos de recuerdo en poses absurdas dentro del recinto, como si estuvieran en Benidorm. Por el respeto a los muertos y esas cosas.

– Y te ha hervido la sangre al verlo.

Marcos asintió mientras bebía un largo trago de cerveza, como intentando apagar la rabia que sentía gracias al fresco brebaje. Después se secó los labios con una servilleta dispuesto a continuar.

– Lo peor no es eso. Es la reflexión que acompaña al hecho de que mucha gente haga la misma gilipollez en un sitio como Auschwitz. ¿En qué clase de sociedad nos hemos convertido?

– En una sociedad de mierda.

– Joder, es que mira que me repatea parecer el abuelo porretas quejándome de la juventud, pero coño, que tú y yo también somos jóvenes… ¿Cómo es que esos idiotas no lo ven?

Laura sabía que la pregunta era retórica, pues la conversación no era nueva. Sin embargo se atrevió a llevarla un poco más allá pronunciando tres simples palabras: Vivimos demasiado bien. La mirada inquisitiva de su amigo le invitó a desarrollar su razonamiento.

– Pese a las crisis, a la corrupción, a los problemas, a todo eso… vivimos muy bien. Demasiado bien. Nadie tiene que preocuparse por qué comerá mañana, o si se pone enfermo qué hacer, o si no tiene ropa… Esas necesidades las tenemos, afortunadamente, cubiertas… y cuando no hay ninguna amenaza a la vista el ser humano se dedica a entretenerse. Unos filosofan intentando arreglar el mundo –Laura entrecomilló sus últimas palabras con los dedos– y otros hacen el gilipollas. Y es que hacer el gilipollas, endiosarse en redes sociales y no hacerse las preguntas difíciles de la vida, es más cómodo.

– Y hoy en día está hasta bien visto.

– Además –concedió.

– Y lo peor no es eso. Lo peor es que mientras tanto, todas esas facilidades que para nosotros son lo habitual, para la gran mayoría de la gente son lujos. Putos lujos.
– Pero no le damos importancia, porque eso implicaría pensar en los demás. En las consecuencias de nuestros actos. En ser adultos, vamos, personas racionales y responsables.

– Las preguntas difíciles que decías antes…

Ella asintió dándole la razón señalando la mesa de al lado. Miles de personas morían cada instante por no tener nada que comer y sin embargo allí, sobre un plato, alguien había dejado un bocadillo a medias que iba a terminar en la basura.

– Pero qué le vamos a hacer –suspiró Laura.

– No darlo por hecho. Valorar lo que tenemos, joder, que somos unos malditos afortunados. ¿A ti tu madre no te decía que la comida no se tira? ¿Que apagases la luz al salir de un cuarto? Pues al igual que tienes que hacer eso, si tu puto móvil funciona dime para qué cojones necesitas el nuevo modelo simplemente para fardar.

– Gilipollas.

El apunte divirtió a Marcos, que miró su cerveza resignado. Laura chocó su vaso contra el de su amigo en un intento de traerle de vuelta a la realidad, atrayendo de nuevo su atención.

– Qué jodido es esto de hacerse mayor y cargarse de responsabilidades…

– Lo importante es dar la cara y no bajar nunca los brazos. La batalla está perdida, pero habrá que ponérselo difícil a esos hijos de puta, ¿no?

– Por supuesto –sonrió por primera vez el chico–. Para algo somos la resistencia.

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