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Vale la pena

Son las once y cuarto de la noche. Once y trece para ser más exactos. Como son exactas las doce horas y trece minutos que lleva fuera de casa.

Antes de entrar en casa se quita los pantalones para la lluvia y la chaqueta y los dobla sobre una percha que su mujer le ha dejado colgada en el picaporte de la puerta. Deja el casco en el suelo y se frota los doloridos muslos después de más de seis horas repartiendo encargos en bicicleta. Ya no tiene edad para tanto trote, pero es lo que hay. Después se estira para liberar el nervio ciático, se quita las botas y mete la llave en la cerradura.

En penumbra y sin hacer ruido palpa el picaporte del baño para dejar la percha con la ropa dentro de la ducha junto con el casco. Con un poco de suerte estarán secos antes de tener que salir de nuevo al día siguiente. Busca un hueco donde dejar las botas, cierra con llave y camina hasta la cocina sin encender una luz. Lo ha hecho demasiadas veces como para necesitar los ojos para guiarse.

El destello del fluorescente de la cocina parpadea y le muestra la cena: un triste bocadillo que al tocarlo se da cuenta de que en algún momento estuvo caliente. El microondas hará demasiado ruido, así que opta por comérselo así, tibio,  aunque mataría por meter algo caliente dentro del cuerpo. Le duele desde la nuca hasta los tobillos, y particularmente la rabadilla: mitad por culpa del excesivo movimiento encima de la bici, mitad por la falta total de movimiento en el turno que hace para una empresa de Uber. Esa es su vida, ocho horas completamente sentado y seis dando pedales. Todo por un salario de mierda pese a que se mata por llegar a los objetivos que ambas empresas le ponen todos los meses.

En días como ese, o sea todos los días, maldice su suerte y se pregunta qué ha hecho para acabar así. Dos trabajos mal pagados, deudas, un cansancio que le acompaña en cada momento… tan ocupado está regodeándose en su miseria que no oye los pasos cortitos y suaves que se acercan por el pasillo, ni ve la cabecita que se asoma desde la puerta.

    – Hola, papá.

Su hija, que debería estar durmiendo, le mira desde la puerta feliz de verle en casa.

    – ¿Pero tú qué haces despierta?

    – Quería verte.

    – Anda, vamos a la cama que como te pille tu madre me mata.

No es la primera noche que ocurre y, aunque su hija debería estar en la cama hacía rato, no cambiaría esas cortas charlas a media noche con ella por nada del mundo. Iluminados por la pobre luz del flexo que se mantiene a duras penas sobre la mesilla de la niña. Contándose confidencias sobre cómo les ha ido el día. Juntos por fin.

Y entonces, cuando arropa a su hija y le da un beso en la frente, la ciática no le duele, los muslos se vuelven acero y recupera toda la energía que una hora antes había perdido. Y sonríe mirando el bulto que forma la niña en la cama, sabiendo por qué hace lo que hace cada día. Y que lo haría todos los días que hiciera falta.

 

Foto de portada: ©Pexels

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1 comentario en «Vale la pena»

  1. Me ha encantado, precioso!!!!
    Me llega a al alma.
    Pobre trabajadores que tienen dos o más trabajos para llegar a fin de mes. De eso no todo el mundo es consciente, solo la familia.
    Muy bonito hijo mío.

    Un abrazo

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