Son las ocho de la mañana del domingo. Sopla una brisa suave, no hay una nube en el cielo y el sol no deslumbra. Las mejores condiciones para hacer una ruta en moto.
Su Honda Rebel le espera tan brillante como siempre bajo los fluorescentes del garaje: por mucho que aprieten las obligaciones siempre saca tiempo para mantenerla en perfecto estado; el pulido negro del depósito hace juego con la chaqueta de cuero y los guantes.
Sonriente, se ajusta el casco mientras deja que el motor caliente al ralentí. Asegura la mochila, revisa que los intermitentes y las luces del freno funcionan viéndolas reflejadas contra la pared, mete primera y acelera.
La salida, suave y ruidosa, acentúa su sonrisa.
El viento le acaricia el cuello en cuanto deja el garaje y acelera por las calles desiertas hasta llegar a la circunvalación. La ventaja de vivir en las afueras es que enseguida puede coger la carretera para escapar de la rutina. Una rotonda, un carril de aceleración, gas a fondo y a disfrutar.
Puede elegir dos rutas, la larga y la corta. Por supuesto elige la larga. Así tiene tiempo para recrearse en cada cambio de marcha, apurar las frenadas y mirar el paisaje. Es tiempo para él, lejos del estrés del trabajo y las obligaciones. Un momento suyo, lleno de emoción y velocidad.
Llega el momento de detenerse y se baja de la moto con la gracia del que lleva haciéndolo años. No le pone el seguro porque la parada será breve, y se quita el casco con la misma sonrisa que cuando se subió. Cruza las puertas automáticas, saca el móvil y repasa: cereales de los que le gustan a Rodri, pan para tostadas, fuet para el aperitivo, yogures, un litro de leche y cebollas.
Camina por los pasillos con tranquilidad. No hay nadie haciendo la compra a esas horas. En las cristaleras de los congelados ve reflejadas sus ojeras y las canas que empiezan a teñirle la barba. Rodri ha tomado una noche más su cama por asalto y ha decidido dormir atravesado clavándole los pies en las costillas. A las siete de la mañana Antonio, el mayor, apareció por la puerta y como si de un guerrillero se tratase logró hacerse con su lado de la cama sin despeinarse.
Llega a la caja y paga. Después acomoda todo en su mochila y al salir escucha el rugido de varias motos iniciando una ruta a lo lejos. Ese era él hace no mucho. Ahora su ruta es distinta. También tiene curvas que negociar y emociones inesperadas. Pero es distinta.
Calzándose el casco, baja la visera y deja que el ronroneo del motor acaricie el interior de sus piernas. Mira el reloj y ve la hora.
Debe darse prisa o las dos fieras que tiene por hijos acabarán con la paciencia de su mujer antes de que pueda llegar con el desayuno.
Foto de portada: ©Pexels
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