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Una historia de navidad

No hace demasiado frío, pese a que los partes meteorológicos dan vientos huracanados en casi toda la península. Ventajas de vivir en las Afortunadas. El mito griego puede ser verdad o no, pero en Canarias el mundo se ve de otra manera. Incluso el abuelo, que tanto y tan bueno les contaba sobre su Salamanca natal, reconocía que su vida allí era magnífica.

La mesa ya está lista para la cena, con espumillón adornando los pies de las copas, el árbol repleto de bolas brillantes, luces de todos los colores y sonido de villancicos en el equipo de música. Cosas de tener a los pequeños en casa. Se han reunido como cada año en casa de los abuelos, engalanada con mimo por la abuela, que ya coloca los platos de jamón que le ha enviado su cuñado por correo. Dos hijos con sus respectivas y cinco nietos ayudan en la cocina con el resto del menú.

El protocolo ha sido muy claro: pruebas para todos y escrupulosas medidas higiénicas. Nada de estornudos, nada de toses, nada de nada. Gel hidroalcohólico a discreción. A la abuela se la respeta. Y más después de lo ocurrido con el abuelo, cuyo sitio se mantiene intacto aunque no esté. Como si fuese a entrar por la puerta después de su tradicional paseo en solitario antes de la cena de Navidad trayendo dulces para los nietos. Como si no hubiese pasado nada.

Vino para los mayores, refresco para los niños, agua para todos. La abuela se rebaja sus dos dedos de tinto con un poco de Casera y bendice la mesa como le enseñaron de niña, y aunque sonríe se le nota la tristeza y los llantos acumulados durante el año. El plato vacío del abuelo lo llena todo.

— Ahora es cuando contaría su historia —musita—. Como todos los años.

Las cabezas se vuelven hacia una de las fotos que adornan la pared; la que cada año ha dado pie a que el abuelo les cuente lo de su famosa partida de mus. En la imagen, en blanco y negro, se ve una Salamanca plagada de tejados blancos y una gigantesca carretera nevada que cruza por debajo del puente de Enrique Estevan. En primer plano cuatro bravos con las camisas arremangadas comparten coñac y juegan a las cartas sin hacer caso del fotógrafo. Uno de ellos mira sonriente a la cámara como si estuviera en el salón de su casa con el brasero calentándole las canillas. Es el abuelo, que por casualidades de la vida fue protagonista de una foto histórica. No todos los inviernos se podía jugar una partida de cartas encima del Tormes.

La familia se mira entonces entre sí, los unos a los otros recordando los pormenores de la anécdota. Que si el fotógrafo era Ángel Laso, no, don Ángel Laso apuntilla un nieto imitando la carcomida voz del abuelo; y que la temperatura era de ¡diez bajo cero! dicen todos a coro compartiendo una carcajada. Y la botella de coñac que bajaba y bajaba, y el calorcillo que se agarraba al pecho, y Manolo muerto de frío tirando un órdago para acabar cuanto antes. El jodío del Manolo, que estudiaba derecho. Que nos costó la partida. El jodío.

Las risas se apagan. El silencio del recuerdo se les viene de nuevo encima.

Es entonces cuando un móvil suena, y las miradas se centran en una de las nietas. Tiene dieciséis años y está más enganchada al mundo digital que al real; por eso guarda el teléfono en el bolsillo con sonido en la cena de Navidad.

— ¡Paula, ya te dije que nada de móviles en la mesa!

La chica saca el teléfono y se extraña al ver que lo que suena es una videollamada, y que la foto de quien llama es el logo del hospital de la ciudad. Pese al enfado de su madre decide coger la llamada.

— ¡Ve doctora! —se oye una voz carcomida y cansada al otro lado de la línea—. ¡Le dije que la muchacha tendría el móvil encima!
— ¡Abuelo!

Todas las sillas resbalan por el suelo a la vez y siete cabezas se suman a la de Paula para ver al abuelo, que les mira a todos con ojillos brillantes desde el otro lado de la pantalla. Está muy delgado y tiene una cánula de plástico que le lleva oxígeno directamente a la nariz, pero sonríe y saluda con una mano floja.

— Que m’han dejao una table d’estas p’aquí, p’hablar con vosotros. Qu’es Navidad.
— ¡Feliz Navidad abuelo!
— Tengo un poquino de rato, pero mejor eso que nada.
— ¡Claro que sí! —contesta el hijo mayor—. ¿Cómo estás?
— Bueno, bien… el bicho que deja a uno atontao… A ver si no caigo la table, que tengo mu poca fuerza…

La cena pierde el interés, dejando enfriar las elaboraciones de todo un día por hablar un rato con el abuelo.

— Me dicen que ya tengo que ir colgando, que hay otros que necesitan el cachivache este p’hablar con los suyos —dice al rato—. Pero antes… ¿os he contado alguna vez la historia de mi partida de mus en medio del Tormes?

Las tradiciones, son las tradiciones; y lo importante, es lo importante.

 

Foto de portada: ©Ángel Laso.

 

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