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Un profesor feliz

Salía a comprar y pasaba por esa puerta. Iba al gimnasio y pasaba por esa puerta. A dar un paseo y lo mismo. Parecía que toda su vida giraba, por alguna razón misteriosa, alrededor de esa puerta. Y siempre que pasaba ante ella su reacción era la misma: sonreír.

Al final del verano, cuando las vacaciones se acababan, los días se iban haciendo más cortos y las ciudades volvían a llenarse de personas amargadas por tener que retomar sus trabajos, él contaba los días para empezar el curso académico. No echaba de menos a muchos de sus compañeros, las largas reuniones de departamento o las sesiones de evaluación. Sin embargo en pocos días volvería a entrar en el aula empezando completamente de cero, y eso le hacía feliz.

Cada septiembre la emoción hacía acto de presencia al pensar en lo afortunado que era por poder volver a ponerse al frente de un grupo de alumnos y trabajar con ellos. La experiencia le había enseñado que los meses corrían demasiado rápido, y que pronto la ciudad se llenaría de luces navideñas, un poco más tarde las calles olerían a incienso y a vela de paso de procesión y, si no se daba prisa, el calor estival regresaría dejándole el temario a medias. Ese era su reto de cada año y lo afrontaba con muchísimas ganas.

Había cosas que podían convertirse en un quebradero de cabeza, por supuesto. Enfrentarse a una clase nueva implicaba exponerse al fracaso, a la duda y a dificultades que de ninguna manera podrían anticiparse. Al escrutinio de mentes jóvenes juzgándole desde los asientos. Nuevos alumnos eran nuevos retos, y aunque normalmente se las apañaba para adecuar cada lección a su inquisidor ojo, siempre cabía la posibilidad de que alguno no entendiera las ideas que él iba a ofrecerle. Ahí tocaría tirar de improvisación para facilitar el aprendizaje. No todo iba a ser sencillo.

La ilusión y las ganas eran las mismas que las del primer día; ninguna duda iba a emborronar su ánimo. Cuando llegase el momento estaría más que preparado para trabajar sin descanso y motivar las mentes de sus alumnos. Las ganas superaban a las dificultades, pues las encaraba con valentía y la seguridad de saber que por su parte no iba a quedar nada por hacer. Su esfuerzo estaba asegurado del primer día hasta el que los alumnos dejasen de estar bajo su tutela, si es que eso era posible en algún momento. Una vez alumno, solía decir, siempre alumno.

Era un profesor orgulloso de su trabajo y el curso académico estaba a punto de comenzar. Era un profesor feliz.

 

Foto de portada: ©Autor desconocido

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