Fue un olvido absurdo, pero qué caro me salió.
Todo iba bien: me levanté a mi hora, desayuné y me di una ducha sin regalarme demasiado tiempo pues esa mañana tenía una reunión importante y no podía llegar tarde. El crecimiento de mi empresa dependía de ella. Incluso llegué a repasar el informe en lo que salía el café y lo guardé en mi maletín, que quedó, como siempre, junto a la puerta.
Tras la ducha me sequé, vestí, peiné y calcé. Todo normal. Hasta que cerré la puerta de casa, eché la llave y llamé al ascensor. Fue entonces cuando, repasando mentalmente las diapositivas de la presentación y las páginas del informe, me di cuenta de que iba muy ligero. Demasiado ligero. Tanto como que me iba sin el dichoso maletín. Menos mal que me di cuenta en ese momento y no a medio camino, pensé. Como si eso me fuese a librar de lo que me esperaba.
Abrí la puerta de nuevo, cogí el maletín y volví a cerrar, pero ya era tarde: las puertas interiores del ascensor se cerraron en mis narices dejándome completamente a oscuras en el descansillo. Fue en ese mismo momento cuando supe que la línea de luz que se filtraba a través del cristal de la puerta escapándose hacia abajo, era un mal presagio.
Después de soltar una blasfemia pulsé con rabia el botón del ascensor, consiguiendo que volviera pasados unos minutos. Como si todo el edificio hubiese decidido salir de casa en ese mismo instante. Qué mala suerte. Y lo que me esperaba.
Saludé de pasada a la portera y crucé a buen paso la calle. Sólo tenía que doblar la esquina y esperar el autobús… que cómo no se estaba escapando justo en ese instante. Si no me hubiera olvidado el maletín seguro que habría llegado a cogerlo.
Ni siquiera intenté trotar unos pasos, el autobús ya había iniciado su marcha. El próximo tardaría unos ocho minutos en llegar.
Miré el reloj. No era el fin del mundo. Siempre iba a las reuniones con tiempo de sobra porque estas cosas podían pasar. Y más a una reunión tan importante como la de ese día. Cuando llegó el autobús me subí y esperé pacientemente las siete paradas hasta llegar a la mía, donde tenía que cambiar al metro para llegar a las oficinas de mi cliente.
La línea que debía tomar era la más profunda de todo el suburbano, así que decidí coger el ascensor. Nuevo error: jamás he visto tardar tanto un ascensor en mi vida. La espera fue eterna, tanto que, con la angustia del minutero corriendo en mi muñeca, al final salí corriendo hacia las escaleras mecánicas. Cuando empecé a descender eché la vista atrás y, efectivamente, ahí estaba el ascensor llegando a mi planta. Qué despropósito de mañana.
Al llegar al andén del metro vi que estaba desierto. Miré hacia la izquierda y pude ver cómo las dos luces rojas se alejaban, burlonas, por el túnel. Yo ya no sabía dónde meterme. ¿Cómo podía salir todo tan mal? El siguiente metro tardaba siete minutos en llegar, cuando sobre el papel su frecuencia era de cuatro. A este paso ya no llegaba. Los veinte minutos de margen que me había dado ya no existían.
El metro iba lleno. El vagón apestaba. Salí corriendo como pude en mi estación y subí los escalones de dos en dos porque la escalera mecánica no funcionaba. Corrí más que anduve las dos manzanas que me separaban de la oficina donde debía hacer la presentación y conseguí que me llevasen a la sala de conferencias donde todos los directivos de mi empresa me esperaban.
Llegaba seis minutos tarde, sudado y sin resuello. Justo lo que necesitaba para impresionar a mi audiencia.
— Espera fuera —dijo el director de la compañía—. Ya te avisaremos si tenemos tiempo para ti.
Esa frase terminó de hundirme. Y todo por haberme dejado el maletín al salir de casa.
Foto de portada: ©Pexels
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