Cuando abrí la puerta lo primero que me recibió fue el olor. Y eso sólo significaba papeleo.
Nada más recibir la llamada me lo imaginé: vecino solitario y mayor, que apenas sale de casa, se deja las persianas bajadas durante días. Afortunadamente no tenía ningún gato que le mordisquease los pies. Estaba caído en el salón, con la bata puesta y el cuerpo hinchado y con manchas verdosas. Un espectáculo muy desagradable.
Sin embargo lo que me sorprendió del caso no fue el estado del cadáver ni el hecho de que no tuviera familia o amigos que le echasen en falta. Fue su casa: un piso normal del centro, de unos sesenta o setenta metros, completamente lleno de cuadros de todos los tamaños y temáticas apilados contra las paredes en sencillos marcos del Ikea.
Mientras levantaban el cadáver y se rellenaban los informes iniciales pude echar un vistazo a la mayoría y, sin ser yo un experto ni nada que se le parezca, pude apreciar la fuerza que tenían, la emoción que sabían transmitir. Como el cuadro del hombre mayor sentado frente a una ventana. La luz entraba de lado, haciendo que la piel, pintada con una precisión asombrosa, pareciese vibrar. No era técnica lo que había encerrado en el lienzo, era vida. Como si el protagonista del lienzo estuviese a punto de levantarse e irse dejando el fondo atrapado por el marco.
También vi paisajes impresionantes, estanques repletos de pájaros de colores infinitos, lagos mágicos, cielos violentos de tormenta, luces reflejadas que iluminaban a niños juguetones… Años y años de brochas gastadas y mezclas de tonos en la paleta hasta lograr el que buscaba. En una habitación un caballete sostenía el último trabajo del misterioso habitante de esa casa, que con apenas unos trazos iniciales insinuaba una joven de piernas larguísimas en estado embrionario.
Cuando se cerró la puerta de la casa para buscar posibles herederos lejanos mi mente sepultó al anciano y sus cuadros, quedando todo aquello en una anécdota más que contar en reuniones familiares. La historia de un pintor muerto cuyos cuadros no vio nunca nadie: ¿para qué pintaba todo aquello? ¿Trabajan así los artistas de verdad, sin esperar que nadie mire lo que hacen? Supongo que habrá estudiosos capaces de elaborar teorías al respecto, pero imagino que la respuesta tendrá algo de verdad y algo de mito.
Digo que mi mente sepultó al anciano y sus cuadros pero, aunque no volví a pensar en ellos durante una temporada, la imagen del artista desconocido y su museo de andar por casa no me abandonó del todo. De alguna forma las preguntas seguían atacándome desde la nuca, probablemente para no tener respuesta nunca.
Hasta que un día, un compañero me enseñó el titular: Hallan muerto a un hombre en su domicilio y descubren cientos de pinturas de extraordinaria calidad que nadie sabía que existían. La noticia abrió tertulias matutinas e informativos. El Picasso desconocido, llamaron al difunto, invitando a catedráticos de universidad y reconocidos artistas a comentar por qué esas pinturas eran tan buenas. Se puso nombre a su estilo y se valoró inaugurar una exposición en el Museo Reina Sofía o el Thyssen.
— Joder —dijo mi compañero al ver la noticia—. Podíamos habernos llevado alguno, que seguro que ahora vale dinero y nadie lo iba a echar en falta.
— Pues sí —sonreí yo.
— Perra vida, no saldremos de pobres nunca. Aunque para pobre el muerto, que podía haber hecho una fortuna con sus cuadros y mira cómo acabó.
Yo no lo vi así. Si algo había aprendido tras escuchar a todos esos expertos hablar de los cuadros era que nadie sabía nada. Al menos el muerto había vivido bajo sus propias reglas, dejando que la fama le alcanzase cuando no pudiera distraerle de su vocación.
Y eso, para mí, no era de pobres.
Foto de portada: ©Pexels
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