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Un día en la guerra – Parte III

«El buen jugador siempre tiene suerte.»
José Raúl Capablanca

Ya hemos limpiado la loma.

Tras la batalla el capitán ha ordenado reconocer el terreno, apartar los cadáveres y dar sepultura a nuestros caídos. Dieciocho compañeros muertos por toda la unidad de caballería ligera; balance positivo pero aun así un precio demasiado alto por tomar el cerro. A nuestro alrededor el terreno parece más escarpado de lo que podíamos imaginar, con una fuerte pendiente en el lado oeste, mucho más pronunciada que la ladera por la que lanzamos nuestro ataque. La falda este, en la que el sol ya gana fuerza, es un barranco de afiladas piedras que nos ofrece una defensa infranqueable ante el posible avance enemigo, y el lado norte se bifurca en dos senderos que ascienden montículo arriba ocultando a nuestra vista cualquier ofensiva rival. Por ello hemos improvisado una empalizada de palos y piedras sacados de los restos del campamento. Si bien no creo que aguante mucho, seguro que sirve para que se lo piensen dos veces antes de asaltar nuestra posición.

Mi ocupación ahora mismo es la de vigía en la esquina suroeste del cerro, disfrutando en un solo golpe de vista tanto de la línea oeste de batalla –con las dos amenazantes compañías de piqueros esperando órdenes– como del bosque y el resto de nuestras fuerzas un poco más allá. Volvemos a estar situados en territorio hostil, desligados de nuestro ejército en esa continua marcha en pos de arrebatar lugares estratégicos de manos del enemigo. Al menos de momento vamos bien.

A lo lejos veo dos columnas de caballería ligera maniobrando al otro lado del macizo verdoso y a nuestros arcabuceros montados en formación, dispuestos a soltar una andanada mortal a la menor provocación. Sin embargo lo que llama mi atención no es la disposición de nuestros hombres, sino un sospechoso movimiento en medio de los árboles, justo en el lugar que nosotros ocupábamos hacía unas horas. Tiene sentido que otros avancen para cubrir nuestra retaguardia, incluso para apoyarnos en la defensa de nuestra posición, que estratégicamente hablando es la mejor de nuestra tropa. Pero si el movimiento es enemigo puede que tengamos un problema. Aviso a mi capitán y espero mientras dos líneas de piqueros toman posiciones cubriendo el repecho sur. Por si acaso.

Y entonces ocurre. De la linde sur del bosque, la más cercana a nuestro ejército, una nube de flechas despega alzándose en el cielo seguida por otra andanada que pugna por subir más alto aún que la anterior. ¿El objetivo? La unidad de arcabuceros a caballo, que en perfecta formación y a la espera de instrucciones ve cómo el cielo se oscurece sobre sus cabezas y de pronto se deshace en mil puntas de acero que les atraviesan dejando a los pocos que han podido reaccionar huyendo en desbandada. Toda la columna ha quedado reducida a un amorfo grupo de hombres y bestias clavadas en el polvoriento suelo. Nuestra mejor unidad al traste. No quiero ni imaginar la cara que debe de habérsele quedado a nuestro mariscal de campo.

Miro incrédulo a mi capitán. ¿Cómo es posible que hayan conseguido colarse entre nuestras líneas hasta tener a tiro a los arcabuceros? Él me devuelve la mirada socarrón, y no hace falta que abra la boca para que le entienda. Echándole un par, parecen decirme sus pupilas; y con un poco de suerte. Como nosotros al asaltar el cerro al alba. Después decide partir nuestra unidad en tres para mantener una línea defensiva fija en cada uno de los accesos a la loma: dos líneas de hombres en la bajada sur, otras dos en la oeste –esos piqueros enemigos tienen mucho peligro– y otra en la empalizada norte, bien cobijada por escudos para evitar que una inesperada descarga la convierta en otro montón de cadáveres clavados en la roca. Justamente en el instante en el que termino de situar mi pica orientada colina abajo vuelve a haber movimiento en nuestra retaguardia. Esta vez son nuestros arqueros, que estudiando la posición del enemigo han conseguido destrozar la unidad que ha acabado con los arcabuceros. Echo un último vistazo a los muertos en el campo de batalla, a sus corazas brillantes en charcos de sangre, a los rocines moribundos rematados por lacayos que ya recogen los cuerpos de sus señores… en definitiva a lo que nos espera.

Apretando de nuevo mi pica entre las manos la dejo en el suelo, a mi lado en la formación, y me sacudo el polvo del uniforme. No sé para qué, pero lo hago. Soy un soldado, me vuelvo a repetir cuando veo los desgarrones en las ropas y las heridas bajo ellas. Reviso, imitando a otros compañeros más experimentados, la espada y la daga, y descubro que ambas están melladas tras la lucha para tomar el cerro. Cogiendo la piedra de afilar intento reparar el destrozo y bebo un trago de agua, pues en cualquier momento podemos encontrarnos otra vez con el enemigo encima o recibir órdenes de seguir ascendiendo camino arriba. Miro al cielo y el sol parece no haberse movido demasiado desde el amanecer. Va a ser un día largo.

Me siento en un pedrusco sin abandonar la formación y escucho al otro lado de la colina cómo la tierra tiembla y hombres y rocines gritan. Al principio me sobresalto, pero escuchar gritos en garganta ajena indica que el ataque no va contra nosotros. Los compañeros del repecho oeste cuentan a voces lo que ocurre y nosotros estallamos en vivas: nuestra caballería ligera ha barrido la unidad de piqueros más cercana a nosotros, apuntalando el avance de nuestro ejército y de paso cubriendo nuestro flanco. Supongo que algún joven soldado enemigo se estará preguntando cómo una carga ha logrado sorprender a una unidad de piqueros en formación defensiva. Y también supongo que un viejo capitán le mirará socarrón y, sin mediar palabra, le explicará todo con un sencillo gesto. Echándole un par y con un poco de suerte.

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