fbpx

Turroneras

Como hiciera mi madre en su día, y antes que ella mi abuela, ahora yo soy la que enseña la tarea a las nuevas generaciones. Mis dos hijas y algunas vecinas curiosas se arremolinan alrededor del caldero dispuestas a aprender la que ha sido la forma de ganarse la vida de mi familia en estas fechas desde hace mucho tiempo. Cuando los fríos empiezan a apretar en la sierra sé que es el momento de recoger miel, huevos, azúcar y frutos secos y preparar la mezcla.

Madre dice que la tradición empezó hace siglos, cuando los árabes repoblaron La Alberca, pero bien podría ser mentira. Lo único que sé a ciencia cierta es que quitando esos subiditos alicantinos que se creen el ombligo del mundo aquí seguimos nosotras, las turroneras, dispuestas a endulzar las navidades a todo el que guste.

    – La receta es lo más importante, y es que hay que mantenerla bien guardada para que sepa igual año tras año. La gente espera eso de nuestros turrones.

Mis pupilas, diligentes, se colocan a una distancia prudencial del caldero de cobre en el que la miel ya está a punto para añadir el azúcar. Nunca he mirado con excesivo celo las proporciones, y sé que a ellas les tocará en algún momento quemar alguna hornada para dar con el toque. Como ahora, que el olor ha cambiado indicando que el mejunje dulzón ya está listo para que se le añada la clara de huevo batido.

    – ¿Veis cómo ahora huele distinto? Pues hale, traedme el perolo con la clara de huevo y cuidao no lo caigáis.

Remuevo la mezcla con un cucharón de madera y les cuento lo que imagino que debía ser, en otro tiempo, llegar hasta los soportales de la Plaza Mayor de Salamanca con toda la mercancía. Imagino a mis antepasadas con sus mantones de paño sobre los hombros y los sombreros de serrana sentadas en el borde del carro, pasando frío entre cajones llenos de piezas de diez kilos de turrón. Mirando recelosas a cada recoveco del camino advertidas de asaltantes, ladrones y mozos con malas intenciones.

En una sartén varios puñados de almendras de las Arribes se saltean hasta que llegue el momento de añadirlas a la pasta melosa que da vueltas en el fondo del caldero. Madre fue la que me dijo que usase esas en vez de otras. Dan mejor sabor a la mezcla.

    – Venga, a añadirlas que luego es tarde. Haced hueco.

Las almendras se hunden poco a poco en la melaza ahogándose entre miel, azúcar y huevo. Unas pocas vueltas más y ya estará listo.

    – Ahora todas fuera, que de lo que queda ya me encargo yo —digo a las futuras turroneras—. Ya está bien como primera lección.

Como premio les doy una almendra a cada una y después acerco el molde en el que se enfriará el turrón.

    – ¿Has acabado ya, niña? ¿Necesitas ayuda?

Madre, ya mayor y demasiado achacosa como para poder ayudar, entra por la puerta y pasa un dedo por la mezcla incandescente sin hacer el más mínimo aspaviento. Después se lo lleva a la boca como si estuviese ya frío y tras saborearlo me mira, asiente, y se va.

Esa es la mayor aprobación que puedo recibir. La de una generación de turroneras que ha pasado el testigo a la siguiente.

 

Foto de portada: © Miguel Rodríguez Echeandía

¿Te ha gustado el relato?

Deja tu opinión en un comentario o si lo prefieres cuéntamelo en Twitter o Instagram.

Y si quieres más puedes descargarte mis libros Confinados y Un día en la guerra totalmente gratis en esta misma web.

¡Disfruta de la lectura!

1 comentario en «Turroneras»

Deja un comentario