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Tres vecinos

El vecino del primero era profesor, y tocaba el piano a menudo. No lo hacía mal, pero todavía estaba aprendiendo y de cuando en cuando se equivocaba. Eso alteraba al vecino del segundo, que era abogado y, al oír las teclas aporreadas, se desesperaba y ponía la música muy alta. En el tercero vivía un vigilante de seguridad que solía hacer turno de noche y gritaba cuando escuchaba el equipo de música del piso de abajo a todo volumen. En aquel edificio pequeño y gris solamente vivían esos tres hombres, uno por piso, y jamás se habían dirigido la palabra. Vivían de alquiler, y sabían los unos de los otros por el ruido del piano, los gritos o la música alta. Nada más.

Un día el país cerró. No se podía salir de casa, de modo que los tres vecinos tuvieron que aguantar asiduamente el piano del primero, la música del segundo y las voces del tercero. Así pasó el tiempo hasta que un día, tras los aplausos de las ocho de la tarde, una melodía inundó la calle de calidez. Era una pieza sencillita, alegre, tocada con esfuerzo y mimo que venía de algún edificio cercano. Toda la vecindad estalló en aplausos al acabar la cancioncita, agradeciendo a ese pianista anónimo que les hiciera la cuarentena más amable con su música. Todos aplaudieron excepto el vecino del segundo, que se metió en casa avergonzado. Desde ese día no puso su tocadiscos a todo volumen y con el tiempo aplaudió el pequeño concierto que venía del piso de abajo cada noche.

Pasaron los días y finalmente el vecino del segundo decidió llevar a cabo un gesto humano y valiente. Escribió una carta y la dejó frente a la puerta del vecino del primero, llamó al timbre y subió a su casa. Desde su recibidor escuchó el sonido de la cerradura, el rechinar de las bisagras y la puerta cerrándose. En la carta daba la enhorabuena a su vecino y le pedía disculpas por haberse molestado tanto cuando practicaba. Además a la vuelta de la hoja le había dedicado una poesía de impecable rima; en realidad el abogado, en sus ratos libres, era poeta.

A la mañana siguiente el vecino del primero no practicó con normalidad. En lugar de eso se afanó en mover su piano del salón a la entrada, y con la puerta entornada atacó nocturnos de Chopin dedicados a su vecino de arriba. Poco tardaron en escucharse el eco de los cerrojos y picaportes sobre las bellas melodías que el hombre arrancaba de su instrumento, siguiéndoles un silencio reverente sólo roto por los aplausos y bravos que asaltaban las pausas. Media hora después el concierto terminó, saliendo el virtuoso a saludar al borde de la escalera, donde le vitoreaban sus dos vecinos. Era la primera vez que coincidían los tres juntos.

Al día siguiente, justo antes de que el pianista del primer piso se arrancase con una nueva selección de piezas cortas que más o menos dominaba, el vecino del segundo abrió la puerta y se puso a recitar sus poesías al aire. Como pasó con el pianista, no tardaron en acompañarle los aplausos de los vecinos, desde arriba y desde abajo, en un bocadillo de cariño y acompañamiento para la cuarentena. Al terminar, el vecino del tercero les prometió una sorpresa para la mañana siguiente.

Los vecinos del primero y el segundo durmieron inquietos. Desayunaron, hicieron algo de ejercicio en casa, trabajaron en la medida que sus profesiones les permitían, y abrieron con ansia sus puertas a la hora ya habitual para encontrarse, colocado en un caballete, un cuadro esperándoles en cada rellano. Y es que el vigilante del tercer piso no sólo era vigilante, era pintor.

Los días pasaron y la cuarentena se convirtió en una exhibición artística continua para los tres vecinos. Música, letra y pintura se alternaban cada día hasta que, finalmente, llegó el día en el que se pudo salir de casa. Como si se hubiesen puesto de acuerdo, los tres hombres se vieron por primera vez en el rellano, abrazados y temblando de emoción como unos chiquillos.

Ya no eran vecinos. Tampoco un abogado, un profesor y un vigilante de seguridad. Eran amigos. Eran artistas.

 

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