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Tras la cuarentena

La libertad había convertido al populacho en una algarabía de mascarillas y distancias de seguridad en medio de la incertidumbre por el riesgo de repunte. Seguía habiendo casos graves en los hospitales, pero ya no salían en las noticias con tanta asiduidad. La gente estaba más preocupada por el futuro de la economía, sustituyendo los profesores de universidad a los médicos en las tertulias televisivas.

Al llegar a una plazuela se dio cuenta de que las terrazas, con las mesas debidamente separadas, ocupaban de nuevo su lugar; el arrullo de las conversaciones volvía a compartir el espacio público dificultando el paso de los peatones, obligándole a atravesar por el vórtice de locura infantil que rodeaba a la zona de columpios. De pronto, un niño chocó contra él.

— Cuidado, chiguito, que te vas a matar.
— ¿Cuántas veces tengo que decirte que mires por dónde vas? —la madre apareció rauda tras el crío con una croqueta a medio comer en la mano—. Ya ni sentarse en la terraza puede una… disculpe usted, no sabe lo revoltoso que está después de tanto tiempo encerrado.
— No se preocupe, es normal.

Miró el reloj y vio que todavía tenía algo de tiempo, por lo que decidió inventar un camino alternativo al que le proponía el móvil. Dejándose guiar por una suave ráfaga de viento tomó la primera calle a mano derecha y zigzagueó con la esperanza de no aparecer demasiado lejos de su destino. Quería alargar el paseo, no perderse. Se dirigía al Escaleno, un bar con mobiliario estrafalario, cervezas de importación y bebidas tipo Starbucks pero con sabor a café de verdad. Al final, por apurar tanto, terminó llegando tarde. Como de costumbre.

— No sé qué echarte en cara primero, el que llegues tarde después de meses sin vernos o ese bigote ridículo que te has dejado.

Después de un corto abrazo, Marcos se encogió de hombros guardándose la mascarilla en el bolsillo. En lo que Laura se sentaba, un camarero con una libélula tatuada en la muñeca se acercó solícito, pidiendo un te rojo él y un chai latte ella.

— ¿Qué es eso? —le preguntó en cuanto se fue el camarero.
— Una bebida a la que me he aficionado. A algo me tenía que dedicar, en paro y muerta de risa en casa.
— Menuda hípster te me has hecho. Normal que te guste este sitio.
— No lo sabes tú bien. Bebo chai latte, huelo el petricor y mi vida es una tragicomedia de la que me quejo en Twitter.
— Una tragicomedia de la que sólo puedes salir haciendo gala de tu resiliencia —le siguió el rollo Marcos—. Pobre tú.

Laura entornó los ojos e imitó un desmayo de diva de película en blanco y negro. En ese momento llegó el camarero y dejó la comanda sobre la mesa. Laura siguió con su vahído falso hasta que volvieron a quedarse solos.

— ¿Qué te ha parecido mi interpretación?
— Estelar —respondió Marcos entre risas—. De Oscar.

Laura se recompuso sobre la silla y llevó la taza a sus labios, mojándolos apenas un instante para comprobar la temperatura.

— Por lo demás he llevado una vida aburridamente normal: levantarme, comer, leer, yoga, ver la tele, dormir…
— Vaya asíndeton.
— Y luego la hípster soy yo… —dio un sorbo—. Y tú, ¿qué?
— ¿Yo? Harto.
— ¿De qué?
— De todo.
— A ver, desembucha.

Marcos apartó la vista mientras pensaba por dónde comenzar. Sin querer se fijó en una señora que leía un periódico donde se anunciaba que el crecimiento del tabaquismo durante el estado de alarma podía conducir a un aumento de los enfisemas.

— Mi compañero de piso, por ejemplo. No puedo candar mi puerta porque se rompió el pestillo, y ahora el tío entra en mi habitación como Pedro por su casa. Además con la crisis le ha dado por la economía, y se pasa todo el día hablándome de nosequé del efímero índice de plusvalía en private equity según los cálculos de su computadora virtual de…
— ¿Computadora?
— Yo qué sé, no entiendo ni una palabra. Supongo que se refiere a algo que hace con el ordenador, pero es tan pelma que ni le pregunto —bufó—. Me limito a sonreír y a asentir.
— A ver si el de las interpretaciones estelares vas a ser tú… —Laura decidió que era mejor cambiar de tema—. ¿El curro qué tal?
— Pues ahí ando, con otro vídeo… lo he puesto a renderizar antes de salir para acá. Espero que haya terminado cuando vuelva.

La conversación se nutría fundamentalmente de anécdotas vividas durante el confinamiento, obviando las que ya habían compartido en sus largas charlas por teléfono. De pronto Laura pareció caer en la cuenta de algo importante.

— Ay, no lo hemos comentado —dijo con gesto triste—. Se murió Marcos Mundstock.
— Ya, vaya putada… Primero Daniel, luego se retiró Carlos y ahora Marcos…
— Estuve viendo ayer uno de sus últimos espectáculos, el de la cumbia esa de la epistemología… Lutherapia, creo que era. Qué pena verlos tan mayores.
— Ley de vida…
— Hablemos de algo más animado, anda.
— ¡Pero si el tema lo has sacado tú!
— Pues lo cambio.

Un silencio duró lo que tardaban en dar un trago a sus bebidas.

— Bueno, y de amores de pandemia, ¿qué? ¿Sigues hablando con el chico ese?
— El amor es anacrónico en un tiempo como este. La belleza no soporta tanta muerte.
— Dijo la intensa… ¿Nos salió rana?
— Peor. Un sapo verde y asqueroso. Ese sólo quería tener el polvo asegurado tras la cuarentena.
— La hípster llorona, eres.
— Cállate, alfeñique.

Marcos le guiñó un ojo.

— Yo también te he echado de menos, imbécil.

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