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Tranquilo

Todo parece tranquilo en el tren. El paisaje corre por las ventanas alternando campos con árboles, con tierra y con cielo. Tengo música en las orejas y alegría por viajar. Yo estoy tranquilo. En las pantallas Brad Pitt se pega con alguien no sé por qué. No veo la película, ni la oigo, porque en mis orejas tengo música.

El sol se apaga lejos y el cielo se vuelve rosa y naranja y verde y marrón. Y lila. Sí, definitivamente junto al marrón hay lila, pero pronto muta a un color plata que parece hecho sólo para mí. Los tigres pastan y las vacas los miran con sus ojos caídos y hambrientos decididas a saltar sobre ellos a la menor oportunidad. Y yo estoy tranquilo.

Tomo los auriculares y me los pongo. A la música de mis orejas llega la voz de Brad Pitt, y luego la de Montserrat Caballé, que se mezcla con Bob Dylan, con Macaco y con el ruido que hace el cielo al rozar la tierra. ¿No lo oís vosotros? Yo sí. Es horrible. Pero sigo tranquilo.

En mi interior siento la sangre cruzar mis venas, pasear por mi organismo como ese anciano que camina por el campo sí ese viejo antes del atardecer cuando la vaca con dientes de sierra le mira y el tigre se mueve por qué la señora de al lado ha tenido que echarse hacia adelante ahora no lo entiendo con lo quieta que ha estado todo este no. No. No. Tengo que tranquilizarme. Tengo que seguir tranquilo.

Sigo el ritmo de la Caballé, de Dylan, de Macaco y del universo con la planta del pie. La señora de al lado me mira raro, así que le sonrío por encima de la mascarilla y me levanto. Junto a la puerta estaré mejor. Estaré más tranquilo.

Cierro los ojos. Fuera ya ha oscurecido, así que no hay nada que ver. Por eso puedo cerrarlos. No me pierdo nada salvo las migas de luz de los pueblos alejados entre campanarios y silos gigantescos que se comen el aire y la tierra y el grano y la vida. Pintarrajos en el paisaje natural que sigue corriendo, ahora gris, negro, perla y azul al otro lado del cristal.

Pasa un azafato con el pelo naranja, sonrisa rosa, mascarilla azul y ojos cuadrados. Me pregunta si estoy bien y si quiero tomar algo. Pido una botella de agua y al destaparla veo los hilos de flores y ornitorrincos que se escapan de la líquida superficie. Me meto un dedo en la nariz y me saco un moco. Después meto el dedo en el agua y me lo limpio para después beber con ansia. Una chica me mira con cara de asco desde su asiento. No había caído en que la puerta era de cristal. Me encojo de hombros y me digo que una persona de todo un tren es una buena proporción. Y eso me tranquiliza.

Respiro y el aire me hace cosquillas con sus alas amarillas al entrar en mi pecho.

Un pájaro canta en alguna parte.

No es fácil tener una enfermedad mental y que no se note.

 

Foto de portada: ©Geralt

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