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Su canción

Era el momento culminante del concierto, el que los cincuenta y dos mil asistentes esperaban desde que compraron la entrada: su ídolo iba a cantar la que para todos era su canción. Ágil pese a sus setenta y nueve años, dejó el centro del escenario en el que había tocado los tres temas anteriores y pasó al piano, que estaba colocado en un pequeño estaribel al que accedió subiendo cuatro escalones. Las luces bajaron, la voz atacó a capela los primeros versos, y cincuenta y dos mil gargantas empezaron a cantar.

Cincuenta y siete años habían pasado desde que esa música sonó por primera vez en la pequeña habitación que compartía con su hermano. Entonces le acompañaba una guitarra, ahora una banda de cinco músicos mucho más jóvenes que él, el piano y el público. Siempre que la tocaba se acordaba de la cara de su hermano al escucharle, mezcla de incredulidad y admiración al darse cuenta de que con esa canción conseguiría grabar su primer disco. No se equivocó.

Como en todos los conciertos, llegó el momento de dejar que el público cantase solo, limitándose él a dirigirlos. La banda siguió con precisión de relojero y las luces cambiaron, iluminando el pabellón repleto de personas. El estadio vibraba. Cincuenta y dos mil voces se alzaban en un solo coro, repitiendo las palabras que había escrito décadas atrás, cuando todo era nuevo y la música era su vida.

Allí una pareja de no más de quince años cantando abrazados con grandes sonrisas. Aquí un grupo de personas quizá más mayores que él. Un padre con un niño. Jóvenes y viejos con ojos llorosos de felicidad. Decenas de miles de pulsaciones acompasadas al ritmo de su música. Y encima del todo él, sin voz ante tan increíble espectáculo.

Al inicio del concierto ya había percibido un ambiente especial esa noche. Tras tantos años subido a un escenario podía intuir sin mucho margen de error si esa noche el público iba a estar más o menos entregado. Tan solo unos pocos acordes para medir si la conexión con los asistentes iba a convertirse en esa rara magia en la que el aire vibraba de una manera especial; una de esas veces tan escasas y por ello tan valiosas. Y esa noche era una de ellas. Bueno, en realidad era algo más.

De pronto, el sonido de la multitud cantando su canción le sacudió más que cualquier ovación en su carrera. Y era su canción porque ya no era suya, sino de ellos, de cada uno de los que estaban compartiendo ese momento. Cuando según el guion de la gira le tocaba volver a tomar el micro y seguir cantando no pudo hacerlo. Simplemente se quedó allí, de pie, escuchando con los brazos cerrados sobre sí mismo sin poder hacer otra cosa que aguantar las lágrimas que intentaban asomarse a sus ojos. Aunque hubiera querido, jamás habría podido emitir un solo sonido. La emoción le había dejado mudo.

Entonces lo comprendió. Con su último concierto cada vez más cerca, la eterna duda sobre el destino de su legado acechaba cada vez con más fuerza. Sin embargo esa noche, subido sobre el escenario incapaz de terminar la canción, lo comprendió: ninguna de sus canciones era ya suya. Era de todos los que las cantaban en sus conciertos, de los que las escuchaban con sus amigos en el coche al ir de viaje; del pobre chico al que le ayudaba a salir de una ruptura amorosa o de la familia que la ponía en el funeral de su abuelo porque era su favorita.

Él jamás dejaría la música, sonrió para sí. Simplemente la dejaba en buenas manos.

Foto de portada: ©Pexels

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2 comentarios en «Su canción»

  1. Que bonito!!!! Me recuerda los conciertos del Bruce.
    Genial otro relato dominguero, que nos hace soñar.
    Sigue así, nos encantan.
    Un fuerte abrazo

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