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Soy una hormiga

Leo la prensa mientras voy a trabajar. Veo vídeos de Youtube en los que hablan de guerras, de catástrofes y de problemas económicos en países lejanos. De falta de transparencia, de manipulación. De pérdida de la libertad.

Y yo siempre pienso lo mismo: Soy una hormiga.

Minúscula.

Insignificante.

Carente de todo tipo de interés salvo para las veinte obreras que me rodean en la vida.

Incluso para muchísimas otras hormigas soy intrascendente. Paso a su lado camino de mi trabajo, compartiendo con ellas transporte y cola para la charcutería, pero ellas no levantan la cabeza de sus teléfonos salvo para ver si un asiento queda libre o hay mucha gente delante.

Yo no les afecto y, por ello, no les importo. Y así debe ser.

Cuando llego a esa conclusión es cuando me pregunto a quién le puede importar realmente lo que yo haga. Estoy soltero, sin hijos, tengo un trabajo anodino en una empresa que lejos está de ser importante para nadie, no tengo vicios y, de tenerlos, tampoco podría convertirme en la diana de ningún chantajista porque ningún chantajista se interesaría en alguien como yo. No digo que si mañana me muriera no le importaría a nadie, pero sí que el mundo seguiría girando con unas pocas hormigas de luto.

Lo dicho: una hormiga más cumpliendo con su labor dentro del hormiguero.

Una hormiga introvertida, encima. Mis amigos me dicen que tengo unas redes sociales de lo más aburridas. Tienen razón. No les hago ningún caso salvo para poder asomarme de vez en cuando a la vida de los demás y enterarme así de quién se casa, o cambia de trabajo o lo que sea. Pero es que yo vuelvo a preguntarme: ¿a quién le va a importar lo que yo haga?.

Y es que, en el fondo, creo que se vive mejor así.

Si tengo un tórrido romance con una compañera de trabajo ningún paparazzi va a perseguirme hasta mi casa. Y si quiero cambiar de vida y mudarme a la montaña no tengo que dar explicaciones a nadie salvo a cuatro familiares contados. Vivo mi vida consciente de la nimiedad que presento ante el mundo y confío en que esa sea mi mejor protección.

El problema de ser una hormiga es que a veces aparece un niño con ganas de jugar y pisa a tus compañeros, te arranca las patas o te quema con una lupa.

 

Foto de portada: ©Pexels

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