Cuando se hicieron las ocho, como cada tarde, bajó las escaleras hasta el estudio. Allí dejó la persiana a medias, abrió el armario en el que tenía guardadas todas sus guitarras y eligió una vieja acústica Martin. Después se sentó en la silla y empezó a rasguear.
Tras unos breves ejercicios de calentamiento decidió atacar un viejo blues que, hace muchos años, le sirvió para enamorarse del género: una canción sobre corazones rotos, demasiadas cervezas y la triste soledad.
Ya era viejo para buscar nuevas melodías. Eso se lo dejaba a los jóvenes. Él ya era demasiado mayor para preocuparse por crear, sobre todo con más de veinte discos de estudio a sus espaldas. Su vida había sido larga y fructífera, y ahora sólo se dedicaba a tocar los temas que más le gustaban, fuesen propios o ajenos, y si acaso darles un pequeño giro para poder sorprender a sus fans en su siguiente concierto.
Porque, para su asombro, seguía haciendo conciertos. Y llenándolos.
Él, que siempre había dudado de su talento. Que jamás creyó posible vivir de tocar la música que le gustaba de la forma que le gustaba. Rodeado de una banda elegida por él para acompañarle. Y ahí estaba, con más de ochenta años y una gira de veintitrés conciertos organizada para dentro de pocas semanas. Quién se lo iba a haber dicho cuando con veintipocos arañaba ratos en su apartamento alquilado para tocar con su hijo recién nacido jugando entre sus piernas.
Pese a los años él seguía disfrutando de su vida como músico, pero eso era algo que pocos entendían: que a él le gustaba tocar música por tocar música. La música por la música, como algo a lo que había consagrado toda su vida sin importar quién estuviera delante. Por eso, cuando cogía su guitarra, buscaba ese estado de trance en el que era difícil saber dónde terminaban los dedos y empezaban las cuerdas. Sin preocuparse por si había público o no. Sólo él y su guitarra.
Las críticas de que era demasiado seco en sus conciertos, de que no decía apenas nada a los espectadores, que no daba juego y sólo se limitaba a tocar eran habituales. Como si limitarse sólo a tocar no fuese por sí solo todo un reto. Quienes quisiesen ver un mono de feria que no comprasen una entrada para sus actuaciones. Se había ganado poder decir eso sin que ni el ego ni el bolsillo se le resintiesen. Él sólo quería hacer música, con público o sin él.
Por eso estuvo tantos años sin hacer directos. Por eso y por la tristeza que le causaba ver al público más atento a las pantallas de sus móviles que a la siguiente canción. Sería un viejo cascarrabias, pero eso era algo que no iba a incentivar.
Sin embargo siempre quedaba el gesto atento del que sí escuchaba. Ese que, pese a la oscuridad de la platea, podía ver sus ojos brillantes de emoción. El justo en Sodoma.
El que vivía la música con la misma intensidad que él y, sólo por eso, merecía que él tocase.
Foto de portada: ©Pexels
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