fbpx

Silencio

En la sala sólo hay silencio. O sólo debería de haberlo. Todo está listo para el evento, con las luces de emergencia acompañando a las de trabajo. Hay un airecillo suave que rodea sillas, butacas y focos. Sólo estoy yo. Yo y el silencio. O ese silencio que debería de existir en un lugar tan grande y tan cerrado.

Al principio el silencio existe, pero es temporal, escaso. Elusivo. Es apenas una ilusión momentánea que a través del ambiente no tarda demasiado en dejarme ver su verdadera naturaleza: pronto escucho, por encima de mi cabeza, el ulular del aire acondicionado que impertérrito ante la ausencia de público sigue realizando su función con metódica precisión. Susurra viento fresco renovando la atmósfera del gigantesco anfiteatro como un Sísifo mecánico cuya única misión es la de cambiar fluidos invisibles haya o no personas en la sala.

Luego vienen nos crujidos. Como si de un bosque se tratase, todas las sillas, chapas, el atril del orador, el parqué… todo lo que está hecho de madera deja oír su voz con fuerza, alternándose pino con abeto y haya en un chasqueante y errático concierto. Compartiendo su desacompasado sonar conmigo.

El silencio también se quiebra por la mano o, mejor dicho, por la voz del hombre. Tras alguna de las puertas suenan voces de trabajadores gritando a pleno pulmón improperios y bromas de las que se dan entre camaradas de profesión. Esas que todos en algún momento hacemos y que sacarían los colores a cualquier persona con un mínimo de vergüenza. Esas también se oyen aquí, por encima del silencio que no es silencio y que me rodea.

El aire, ese que sale de alguna parte vomitado por las máquinas que atemperan la sala, también vibra con los compases lejanos de una melodía que no alcanzo a reconocer y que seguramente venga de la radio de alguna de las señoras de la limpieza. Es un crepitar bajo que varía en volumen según se acerca a las puertas del recinto. Pasea por el pasillo creciendo y decreciendo hasta terminar por desaparecer.

Al rato los sonidos remiten dejándome solo por un instante, como si de golpe el gigantesco espacio se hubiese convertido en una enorme cámara anecoica. En un principio la falta de ruido me alivia, pero después me angustia su grandeza, aplastándome el pecho hasta arrancar a sudar. Una eternidad después el aire acondicionado vuelve a zarandear el aire y los crujidos de madera regresan. De pronto el chasquear amarronado aumenta de volumen, como si la sala se hubiese dado cuenta de que un intruso, yo, estuviese violando su más secreta intimidad.

Me seco los restos de sudor que me mojan la frente y miro el reloj. Falta sólo una hora para que empiece el acto y parece que la sala necesita su tiempo a solas para prepararse.

 

Foto de portada: ©Mariakray

¿Te ha gustado el relato?

Deja tu opinión en un comentario o si lo prefieres cuéntamelo en Twitter o Instagram.

Y si quieres más puedes descargarte mis libros Confinados y Un día en la guerra totalmente gratis en esta misma web.

¡Disfruta de la lectura!

Deja un comentario