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Regreso al frente

Cuando el teléfono suena un domingo a la hora de la siesta no suelen ser buenas noticias. Las llamadas que llegan cuando todo el mundo está descansando nunca traen buenas noticias. Contestó con voz áspera, medio dormido.

    — Necesitamos que vuelvas.

No hubo explicación. Solo esa frase. Una que él creía no volver a escuchar desde que meses atrás le apartaron por reorganización, por números, por decisiones tomadas en despachos donde nadie sabía lo que costaba mantener el frente en condiciones. Creyó que aquello era definitivo. Que los problemas seguirían sin él… y que así debía ser. Pero al otro lado la voz de su superior tenía un deje extraño. Algo en las pausas le indicaba que el problema era gordo. Que algo iba muy mal.

    — ¿Qué ha pasado? —preguntó, poniéndose en pie mientras su cuerpo, obediente, recuperaba una firmeza antigua.

    — Todo —respondieron—. No damos abasto. Los nuevos no saben cómo contenerlo. Nos supera.

La llamada se cortó ahí. Sin detalles. En el fondo, no hacían falta. Un veterano como él sabía leer entre líneas. Esa noche apenas durmió, intentando despertar sus viejos instintos. Los que no le habían fallado durante años.

Por la mañana abrió el armario. El uniforme seguía allí. Nunca lo devolvió, como si una parte oculta de su ser supiese que tarde o temprano le volverían necesitar. Se vistió sin prisa, pero sin dudas. Cada prenda se ajustaba como un recordatorio de quién había sido y de lo que todavía podía ser.

Salió a la calle resignado pero dispuesto a cumplir con su misión. No por sus superiores ni ninguna razón elevada. Por él mismo. Por su orgullo personal. El viento frío le abofeteaba la cara invitándole a abandonar. A darse cuenta de que estaba a tiempo de darse la vuelta pues no debía nada a nadie. Subir los cuellos de su abrigo fue su respuesta.

Nada más llegar a su destino, lo ve: el caos. El verdadero caos. Gente corriendo de un lado a otro. Órdenes gritadas sin convicción. Falta de liderazgo. Los jóvenes que se suponía que iban a relevarle con su energía juvenil y sus estudios superiores buscándole con la mirada. Era peor de lo que imaginaba.

Uno de esos jóvenes se acercó a él con cara de agotamiento.

  — Menos mal que has venido.

  — ¿Me coloco donde siempre?

No estaba allí para hacer amigos. Con regresar a casa de una pieza por la noche se conformaba. El chaval seguía hablando de un fallo en el sistema, pero él ya no escuchaba. Caminó hasta su antiguo puesto dejándole con la palabra en la boca y apartó de allí a una joven que claramente estaba al borde del colapso.

Se sentó. Ajustó la silla. Encendió el ordenador. Abrió la primera carpeta. Respiró hondo. Había vuelto.

    — Bien —murmuró, enderezándose—. Vamos a poner orden en esta locura.

Y sin más ceremonias, sin más épica que la necesaria, inició su tarea con la precisión de un general experimentado. Un último baile por los viejos tiempos.

Su puesto: Atención al Cliente, turno de mañana, tras el colapso del sistema. El frente más duro de todos.

 

Foto de portada: ©Pexels

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1 comentario en «Regreso al frente»

  1. Ostras!, que nervioso, parecía una guerra de la de antes,puffff.
    Siempre la vieja escuela está ahí, ayudando.
    Gracias por tus relatos domingueros, nos ayudan el día a día.
    Un abrazo

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