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Quinientas palabras

Quinientas palabras. Se las habían pedido a las diez y cuarto de la mañana, pero eran las once y media de la noche y la página seguía en blanco. Todo un día perdido para escribir esas quinientas malditas palabras.

El principal problema era el tema. Es verano, le habían dicho, tenemos un hueco y no sabemos con qué llenarlo. Nos da igual sobre qué decidas escribir mientras no vaya contra la línea editorial, te metas en charcos muy grandes o la líes de cualquier forma. Y que no tenga faltas de ortografía, por favor. Es una oportunidad de demostrar tu valía, así que tómatelo en serio y entrégalo antes de las doce de esta noche para que se revise y se publique mañana. Oportunidad: una forma preciosa de llamar a que el novato saque las castañas del fuego.

Al verse con tan pesada carga sobre sus hombros decidió salir a dar un paseo en busca de inspiración. No tardó en encontrar un buen tema al toparse con las obras que tenían levantada la calle de al lado, sin embargo lo despachó pronto por ser poco original. Después pasó por una plaza en la que no había ni una sombra en la que cobijarse, lo que le llevó a pensar en que una pequeña pieza sobre la falta de árboles en las ciudades podría estar bien. Sería una gran idea de no ser porque un artículo de hacía dos semanas habló precisamente de eso.

A la hora de comer se sentó con algunos compañeros para pedirles opinión sobre sus dichosas quinientas palabras. Algunos le dijeron que hiciese algo atrevido y rompedor, que podría llamar la atención de alguien y que así igual le ampliaban el contrato. Otros, por el contrario, le decían que no hiciese el cafre, que de valientes estaban llenos los cementerios y que con escribir un artículo corto y aburrido iba que chutaba. Un agosteño, como solían llamarlo. Unir varios párrafos sin ínfulas y quitarse el marrón de encima.

Cuando terminaba la jornada su jefe le preguntó por el texto; con algo de inventiva se salió por la tangente y se encaminó hacia casa para darle a la tecla. Por el camino echó un vistazo a las redes sociales por si acaso las musas le tenían reservado algo en Twitter o Instagram. Hablar de menores que hacen vídeos meneando el culo se parecía demasiado a uno de esos charcos que le habían prohibido, y las parejitas empalagosas que vendían vidas de ensueño le aburrían. Incluso la historia de un perro policía que había mantenido atrapado a un ladrón que le acuchilló tres veces le pareció peliaguda: podían acusarle tanto de especista como de racista si daba la casualidad de que el delincuente no era blanco.

A las once y media de la noche el cursor seguía parpadeando sobre el documento de Word sin haber escrito ni una sola palabra. Sólo quedaba media hora para la entrega. No entendía cómo podía haber gente que hiciera eso todas las semanas.

 

Foto de portada: ©Simon

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