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Quiero quejarme

— … y a ojo de buen cubero eso es todo lo que he pasado durante esta postpandemia, o semicuarentena, o llámalo como quieras. Porque me niego a llamarlo nueva normalidad.
— Semicuarentena me parece apropiado.

Marcos y Laura están en el bar de Antonio, que sigue vacío de vida sin sus parroquianos; sólo hay cuatro mesas llenas, con un total de once clientes dentro de la tasca. Once personas que seguro no dan para comer al bueno de Antonio, por lo que Laura, pese a estar en paro, siempre le deja una buena propina cada vez que van.

— Manda huevos cómo estamos, y espérate a ver con los rebrotes, que la cosa se está poniendo estupenda…
— Estupendo estoy yo.
— A ver, venga, suéltalo todo otra vez —le mira divertida su amiga—. Llorón.

Marcos levanta la cabeza y mira ceñudo a Laura. Cruza las piernas, se echa hacia atrás, y da un último trago a su cerveza apurando hasta las últimas gotillas de espuma. Después se queda mirando al exterior a través de los limpísimos cristales del bar. El verano se apaga como se apaga su ánimo, con días cada vez más cortos y ajados de calor. Han pasado ya seis meses de dos mil veinte y nadie sabe dónde se ha marchado todo ese tiempo.

— No voy a repetirte las cosas de nuevo por dos razones —suspira volviendo la vista al interior del establecimiento—. Primero, no sirve de nada, y segundo, no es para tanto.
— ¿Cómo que no es para tanto? Es tu vida.
— Piénsalo bien —levanta una mano—. Tengo salud. Vale, lo de la pierna, pero es una tontería. No es grave. Me jode porque ya no puedo salir a correr, pero no es grave. Todavía no he visto un duro del ERTE y es una putada, pero muchísima gente está en las mismas y yo al menos tengo algo de dinero ahorrado.
— Pero lo de los trabajos…
— Que sí, que he perdido tres oportunidades para trabajar cojonudas en este tiempo, pero da igual. Ya habrá algo más, te repito que hay gente peor.

Laura se retira el flequillo de los ojos y asiente haciendo un gesto a Antonio para que les traiga otras dos cañas.

— Pues eso, que salud y dinero apañados. Tengo amigos que me quieren…
— Bueno…
— O que eso dicen, pero el caso es que tengo a quién llamar si necesito algo, imbécil —sonríe—. Y mis padres, aunque ya van teniendo una edad, están estupendos. No se me ha muerto nadie cercano y las cosas podrían ir mucho peor.
— Jé, las cosas siempre podrían ir peor.

Antonio aparece de la nada llevando en bandeja de plástico marrón las dos cañas, un pocillo de aceitunas, otro de patatas fritas, y un par de trocitos de pan con un pico de tortilla de patata en cada uno. Deja todo en la mesa haciendo resonar los vasos contra el mármol de la tabla y se marcha guiñándoles un ojo. Laura se echa hacia adelante para que Marcos continúe donde lo había dejado.

— Pues eso, que todo está bien, dentro de un orden, y eso es lo peor.
— ¿Eso es lo peor?
— ¡Claro! ¿No te das cuenta? —gesticula al aire el joven—. ¡No puedo quejarme!
— ¿Cómo que no?
— No, no, entiéndeme. Quiero quejarme —subraya—, pero moralmente no puedo. ¿Cómo voy a quejarme al lado de toda la gente que ha muerto? ¿Y de todos los que están a la cuarta pregunta dependiendo de la caridad para vivir? Dime, ¿cómo puedo tener la caraza de quejarme frente a ellos?
— ¿Y entonces qué haces?

Marcos se encoge de hombros sin saber muy bien qué responder, y Laura lo entiende. ¿Qué se hace para seguir adelante cuando todo te falla en medio de una pandemia?

 

Foto de portada: ©radovan.be

 

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