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Por sabia y pagana

Yo lo vi todo, y como tal lo cuento. Quizá los estómagos impresionables deberían dejar mi relato en este punto, pues no pienso evitar el detalle por aliviar conciencias. Lo que voy a narrar es la cara más grotesca de la condición humana, y como tal debe mostrarse sin tapujo alguno. Mi nombre es Andrónico de Alejandría, y aunque no tengo el verbo de Sócrates el Escolástico, me creo capaz de hablar de ella sin que me tiemble el pulso al volcar mi memoria en el papiro.

Por ese tiempo yo vivía cerca de su casa, donde ella recibía muchas visitas de gentes que viajaban de lejos para atender sus lecciones. Su palabra atraía a cualquiera que buscase saber y filosofía, lo que sumado a su elegante porte la convertían en la mejor oradora de la ciudad. No fuimos pocos los que le advertimos sobre lo que podía ocurrir, más aún cuando esos locos destruyeron el Serapio incendiando su biblioteca, pero poco importó. Era una mujer valiente. Los cristianos apretaban cada vez más, fanatizados por líderes que envenenaban sus mentes contra todo lo que consideraran pagano. Ella, además de adorar a los dioses de sus padres, vivía por y para las matemáticas, la astronomía y la filosofía. Nada de eso gustaba a Cirilo, patriarca de Alejandría, que la envidiaba profundamente. Decidido a acabar con ella, le mandó un aviso atacando a su buen amigo Orestes, el prefecto de la ciudad, pero su ánimo era mucho más fuerte que las amenazas.

La mañana que ocurrió el aire olía húmedo y el suelo todavía tenía restos de fango cuarteado. No hacía demasiado fresco pese a la época del año que era, y el sol corría con generosidad por las calles de Alejandría. Salía de mi casa camino de mi taller cuando me crucé con un grupo de monjes de ojos enloquecidos recitando salmos bajo sus túnicas pardas. Su rumor me resultó familiar: era el mismo que resonaba entre las llamas del Serapio cuando una turba lo asoló veinte años atrás. El mismo miedo que sentí aquel día me recorrió de nuevo, y pese a ser ciudadano de pleno derecho no pude evitar que un escalofrío recorriera mi espalda. No por mi o por mi tienda, sino porque de alguna manera ya sabía hacia dónde encaminaban sus pasos.

El relincho de los caballos se escuchó antes de que pudiera llegar cerca de la casa de Hipatia. La habían sacado de su carro violentamente y la llevaban entre muchos, a empujones y patadas sin apenas dejarla tocar el suelo. No podía verla, pero escuchaba sus vanos intentos de razonar sin darse cuenta de que con los fanáticos no se puede llegar a entendimiento alguno; y menos cuando ya han dictado tu sentencia de muerte. El Cesáreo los congregó a todos dejando un rastro de jirones de túnica tirados por la escalera del edificio. Se me secó la boca al verlos. Los chillidos se volvieron más agudos conforme la marabunta la aplastaba junto al altar, donde yo sólo podía ver manos alzándose con afilados trozos de teja que subían y bajaban salpicando sangre. Al poco se perdió la voz de Hipatia, convertida ya en mártir de la razón y la inteligencia. Una vez consumado el asesinato los monjes trocearon el cadáver mientras las plantas de sus pies chapoteaban tornándose granates. Mi vista se emborronó y al parpadear me di cuenta de que estaba llorando.

Aún hoy me siento culpable por no haber hecho nada. No levanté la voz al ver a los fanáticos dirigirse a su casa, ni defendí a Hipatia cuando la arrojaron al interior del templo. Tampoco me moví al ver sus brazos, piernas y torso hechos trozos en manos de esos salvajes. Incluso aparté la mirada cuando traían su cabeza tomada por los pelos; mi conciencia no habría podido con ese macabro recuerdo. Todo goteaba sangre y miedo camino del Cinarón, donde quemaron sus restos en una ceremonia espeluznante. El acto fue tan salvaje que desde el Cesáreo hasta la pira donde dejaron su carne chamuscada varias vomitonas mostraban que ni siquiera sus asesinos pudieron contener sus estómagos.

Decadente y triste, para mí Alejandría perdió su brillo tras el asesinato de Hipatia. Al poco tiempo Orestes renunció a su cargo y dejó la ciudad, pues en vista de lo ocurrido no se atrevió a enfrentarse con Cirilo. La que en otro tiempo fue la luminaria intelectual del mundo quedaba abandonada a su suerte en manos de un tirano.

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