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Perdido

No sé por dónde entré, pero me parece que ya no voy a poder salir. Este sitio es enorme y aquí no parece haber otros como yo. En mi única semana de vida, revoloteando por ahí sin mas obligaciones que las propias de mi condición, no me ha dado tiempo a mucho. No hay sangre fresca por las calles, y esas gigantescas monstruosidades que van a toda velocidad —alguien me dijo que los sangre fresca los llaman coches— no son tantas como me advirtieron al nacer. Mejor, porque muchos de nosotros morimos contra sus cúpulas transparentes delanteras.

El sitio en el que estoy tiene pasillos muy anchos, sin apenas muebles salvo una silla puntual en algunas de las salas, y mostradores junto a las puertas, que están cerradas. Uno o dos sangre fresca caminan de cuando en cuando vestidos de negro, lo que me salva de morir de inanición. Yo me muevo por aquí a mis anchas, como un rey en su palacio, y me he hecho amigo de un par de moscas que conocen bien el lugar. Al parecer pasa algo con los sangre fresca y ya no vienen por aquí. Según las moscas antes esto estaba lleno, y los sangre fresca paseaban por el lugar muy despacio para ver los cuadros de las paredes. No creo que eso sea muy interesante, pero como no tengo otro grano que picar pues voy a darle una oportunidad.

El primer cuadro que veo es uno grandote, en tres partes, que está puesto encima de una mesa enorme. Es una colección de bichos raros, gentes en posturas imposibles y locuras varias en una especie de jardín. No me gusta nada. De ahí revoloteo hasta otro de un sangre fresca con barbita plateada, collarín blanco y un sombrero alto y negro, tan negro como la vestimenta. Entre zumbido y zumbido aterrizo a los pies de otro lienzo, vertical en medio de un pasillo, en el que tres sangre fresca rollizas y sonrientes bailan en círculo. Son una especie curiosa, los sangre fresca.

Paro a tomar un chupito del cogote del sangre fresca que pasa en ese instante y le rehúyo cuando se percata de mi festín. No sé cómo llego a una sala redonda y grande en la que muchos cuadros representan lo que parece una familia, ya que todos se parecen bastante. Hay sangre fresca machos y hembras, jóvenes y mayores. En el centro una monstruosidad casi tan grande como esos coches que decía mi madre tiene a varios sangre fresca mirándome. Uno parece que pinta un cuadro, varias jovencitas con peinados estrafalarios observan desde la tela, y hay un peludo a los pies que no parece muy contento de estar allí. Son buenos, los peludos; asaltarles siempre da buena energía. Lo que daría por meter mi trompa en el lomo de uno de ellos hasta reventar.

Estoy cansado ya, pero decido seguir otro poco. Choco contra una representación de tres sangre fresca, una joven, una madura y otra reseca como un sarmiento. Qué mente enferma la de los sangre fresca, para representar algo tan horrible y tenerlo colgado de una pared a la vista de cualquiera. Veo también violencia y muerte, y canibalismo y tortura, figuras altas y delgadas tan blancas que jamás se me ocurriría arrimar el aguijón, y otras tan robustas y galantes que se me hace la trompa agua. Veo más peludos y trotones, e incluso frutas sobre mesas. Todos enmarcados y colgando de las paredes como si fueran obras de arte. ¿Cómo va a ser arte eso?

Me paso los días solo. Perdido en este enorme lugar en el que veo de cuando en cuando un sangre fresca del que me alimento. No he vuelto a toparme con las moscas, supongo que habrán encontrado la forma de salir de aquí. Yo no he tenido la misma suerte. Esto está abandonado.

Hace mucho que no veo a los sangre fresca paseando vestidos de negro. Recuerdo que se paraban a ver los cuadros como si encontrasen alguna belleza atrayente en ellos. Debe de verla, pero para sus ojos, no para los míos. No comprendo muy bien qué hace todo esto aquí. Los sangre fresca sabrán.

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