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Pasear

Me gusta pasear. Siempre me ha gustado: ya desde niño disfrutaba escapándome de la mano de mis padres para sentirme como un aventurero en busca de enemigos imaginarios. Era una sensación efímera, pues o bien mi madre me pegaba un tirón de la mano a los pocos pasos o, en el improbable caso de que me dejase salirme con la mía, acabase por notar, no a mucha distancia, su imperturbable figura observando cada uno de mis movimientos.

Con el tiempo aprendí que pasear no sólo servía para librarse de la tutela paterna o buscar aventuras. Pasear era sinónimo de observar, de mirar el mundo descubriendo tesoros intangibles que, de no estar atento y con el ojo entrenado, pasarían desapercibidos. Esto es algo que no mucha gente hace, probablemente porque requiere de una tranquilidad que no todo el mundo puede o quiere concederse.

Desde que me di cuenta de todo esto, busco pasear siempre que puedo: suelo ir andando a los sitios y, cuando las circunstancias lo permiten, procuro reducir el ritmo de mis zancadas para no perderme esos detalles casi secretos que el paseo te susurra. La gente, con sus prisas y sus vidas aceleradas, sólo ve un par de niños en el parque, pero si se mira bien se podrán apreciar sus batallas a vida o muerte contra dragones invisibles o los peligrosos requiebros para evitar caer, de un lado al otro de un banco, en el río de lava que les rodea.

Sin embargo pasear, y digo pasear como actividad propia, sin música taladrando los oídos desde los auriculares ni agobios ni carreras, tiene sus peligros. Estar sólo con uno mismo puede llevar a la mente a vagar hasta rincones poco transitados en los que las malas hierbas se hacen fuertes en forma de miedos, dudas y vicios. Bordes oscuros de nuestra personalidad que preferimos olvidar por la vergüenza que nos producen. Saber de su existencia es una cosa, pero enfrentarlos es otra: al pasear es más fácil encontrar momentos para reflexionar, y la reflexión, o más bien la autorreflexión, puede llevar a lugares abominables.

¿Cómo librarse de esa sensación tan horrible? Unos intentan acogotarla contra la pared, utilizando esos mismos pies con los que dan el paseo para patearla y devolverla al esquinazo del que salió para no verla más. Otros se enfrentan a ella a la luz, permitiéndose estudiarla para conocerla y, así, vencerla. Estos últimos son pocos. La mayoría prefiere mirar para otro lado, haciendo como si sus demonios no existieran, dejándolos crecer a su espalda hasta que ya son demasiado grandes como para ignorarlos. Y entonces es cuando vienen los problemas.

Foto de portada: ©강춘성

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