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Nos vamos todos por el retrete

Los coletazos de la tormenta todavía resuenan en el horizonte cuando Marcos llega al bar. Conoce el sitio de sobra, y por ello le sorprende verlo tan amplio, con enormes pasillos entre las mesas. Otra cosa que le sorprende es el olor, penetrante a limpieza a través de la mascarilla, y el sonido, quedo de conversaciones comparado con la algarabía habitual. Parece que el COVID, que cuando lo pasó anuló su gusto y su olfato, también afecta a la sociedad alterando de manera parecida el resto de los sentidos.

Antonio, el dueño, le saluda desde la barra y le indica los pormenores del asunto. Aquí el hidroalcohol, acá la carta, desinfectamos las mesas después de cada cliente, perra vida esta. Lo típico. Atiende él solo, sin los camareros habituales. No puedo mantenerlos en nómina, se excusa, y va a por una cerveza para Marcos. El chico se quita la mascarilla, se rasca las orejas, y espera a que vuelva. Es la primera vez que queda con Laura y se le hace raro llegar el primero. Bueno, en realidad se le hace raro todo.

Al poco se abre la puerta y entra Laura, que tiene los ojos algo rojizos. Saluda a Antonio, pide una cerveza, y se dirige a la silla que hay libre frente a su amigo. Se quita la mascarilla y reprime un abrazo, teniendo que contentarse con chocar los codos con gesto resignado.

— Odio esto.
— Ya somos dos.

Antonio llega servicial y les pone delante la cerveza de Laura y un bol con una bolsa de patatas fritas sin abrir. Medidas anticoronavirus, ya sabéis, dice al parapetarse de nuevo tras la barra. Marcos y Laura se miran y brindan al aire dando un buen trago. No pueden hacer mucho más.

— Tenía ganas de verte, y me alegro de que hayamos quedado, pero es que así…
— A mí me pasa igual.
— Pues cuéntame algo, anda, a ver si se nos pasa.

Dos tragos de cerveza sirven de prólogo a las últimas novedades. Laura va a volver al trabajo en breve, aunque no ha cobrado ni un euro del ERTE prometido. Por suerte es una chica con cabeza y lleva una economía ordenada, por lo que no ha sufrido demasiado los dos meses sin nómina. Marcos lo lleva peor, pero aguanta como un jabato. Su padre enfermó y estuvo bastante grave, lo que le hacía sentirse impotente al llamar a casa para que su madre le mantuviera informado. Por suerte la cosa quedó en un desagradable susto y ya están todos bien en la familia.

— ¿Y tus padres? —dice sonriendo a la chica— ¿Van bien?
— Sí, de momento ahí aguantan.
— ¿Tienes ganas de verles?
— Claro, pero hasta que la cosa no amaine ni yo me muevo ni ellos se mueven.
— Es lo suyo.
— Es lo lógico —responde señalando con un gesto vago a la ventana—. Lo que deberían hacer todos esos descerebrados.
— Esos descerebrados que votan.
— Eso. Que votan.

La conversación muta inevitablemente a la actualizad política y social, cambiando la desazón por el enfado.

— Y ahora se ponen a quitar estatuas, que es lo importante. Los muy demagogos.
— Demagogos es poco.
— Bueno, ya me entiendes.
— Algo tendrá la historia cuando la manipulan.

Marcos bebe pausadamente y alza la mano para que Antonio les traiga dos cervezas más. Ya que tiene poca clientela qué menos que hacerle la mayor consumición posible dentro de las circunstancias.

— Eso es lo que me jode —resuelve el chico amenazando el aire con su casco vacío—. Que de normal desprecian la historia, no le dan ninguna importancia e incluso algunos se jactan de no conocerla, pero luego todos quieren modificarla a su gusto.
— Es que a poco que la gente sepa lo que ha ocurrido se les hunde el relato.
— Y así no hay quien manipule.
— Efectivamente.

Antonio llega en ese momento con vituallas y se lleva los botellines vacíos aprovechando para pasar un paño que apesta a amoniaco por la mesa.

— Coronavirus, políticos demagogos e interesados, una historia manipulada… Bonito mundo nos está quedando, Marcos.
— Nos vamos todos por el retrete, Laura.
— Nos vamos —asiente Marcos con amargura mirando por la ventana.

Un denso silencio se asienta entre ellos. Es un silencio triste, pero cómplice. De compañeros de trinchera que ven al enemigo avanzar.

— Bueno, cuéntame algo más interesante —interrumpe el momento Laura—. Dime, anda, ¿cómo te va con esa chica nueva de Tinder?

Sólo entonces en la comisura de la boca de Marcos asoma un apunte de sonrisa.

 

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