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No hay certezas

Estaban los dos solos en el bar, con el camarero en la trastienda preparando algún pincho para los posibles clientes de última hora. Los dos mirando sus tazas vacías meditabundos. Compartiendo uno de esos silencios cómplices que únicamente se soportan con gente de plena confianza. Mar ha vuelto a meterse, había dicho ella. Y no les hacía falta más. Después de dos años limpia, su amiga –o al menos había sido su amiga algún día– repetía errores del pasado por motivos inventados para justificarse. Que si sólo es de vez en cuando. Que si la vida está muy mal. Que si lo necesito.

– Dice que lo necesita –terminó por hablar Laura rebosando la quietud del bar con sus palabras.

– Todos necesitamos evadirnos, pero no de esta forma.

– Las drogas son los juguetes de los adultos.

Lo soltó así, sin darle trascendencia a la frase, aunque ambos conocían la profundidad de aquellas palabras. Era una conversación que ya habían tenido varias veces, como casi todas las que valían la pena, y como tal nunca importaba retomarla.

– Es el camino fácil.

Laura asintió antes de responder.

– El que no depende de los porros toma somníferos para dormir y, el que no, necesita un par de copas.

– Por no hablar de cosas más duras.

– Como Mar.

– Como Mar…

Ella se resignaba, pero a Marcos toda esa situación le daba rabia.

– ¿Tanto cuesta mirar a la vida de frente y plantarle cara?

– Qué ingenuo eres a veces, Marcos.

– Era retórica, idiota. Ya sé que no cuesta nada y que el que no lo hace es por vicio.

La broma arrancó una sonrisa de los finos labios de Laura. Ella conocía perfectamente el precio a pagar por ser libre, por vivir por encima de lo establecido, lo correcto y el qué dirán. Y lo pagaba con gusto.

– Fuiste tú quien me dijiste que no todos están preparados para hacerse las preguntas difíciles. Pues ahí lo tienes.

Tras esas palabras extendió el brazo ligeramente y señaló a la calle. Si hacemos un control de drogas a toda esa gente, dijo en relación a las personas que pasaban frente al escaparate, la mayoría da positivo en algo. Y no me refiero a las dos cañas que se han podido tomar en el bar de al lado, sino a…

– Sé a lo que te refieres –le interrumpió Marcos asintiendo–. Y qué pena da pensar que cuando éramos más pequeños pensábamos que al llegar a cierta edad se nos aclararían las dudas y tendríamos alguna que otra certeza.

Laura respiró hondo con las cejas alzadas y la mirada perdida.

– Pues ya ves, no hay certezas.

– Pues eso, que qué pena. Si algún día tengo hijos espero no dejar que se engañen demasiado.

– Cuando tengas hijos lo harás lo mejor que puedas. Por ahora estamos solos, Marcos, y de nosotros depende hacernos preguntas difíciles, tomar decisiones difíciles, salir adelante… en definitiva: vivir.
Marcos soltó todo el aire de sus pulmones por la nariz y sonrió de medio lado con amargura.

– Menos mal que nos tenemos el uno al otro para ayudarnos en este trance.

– Eso siempre, Marcos. Para lo que necesites.

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