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No dejar entrar al viejo

El día después de jubilarse, Alonso se despertó a la hora de siempre. No porque tuviera compromisos, sino porque su cuerpo aún no había recibido la circular de cambio de estado. Se levantó, se peinó sin necesidad, se puso la chaqueta de entretiempo y bajó a la calle con rumbo claro.

Caminó hasta la gasolinera de siempre, por primera vez sin el coche. Durante treinta años había parado allí cada semana a repostar, siempre con el coche encendido, siempre mirando el reloj, con la sensación de que perder un minuto significaba provocar un efecto dominó de consecuencias impredecibles en su día. Pero esta vez no llevaba la tarjeta de puntos, ni prisa. Y eso, descubrió, era un lujo.

Entró en la tienda empujando la puerta con una calma indecente, como retando a los clientes que, como su yo de hacía sólo veinticuatro horas, iban mirando el reloj, el tiempo y el tráfico antes de pagar el combustible. Dentro olía a gasolina y a café reciente. Ese café que nunca había probado porque no había tiempo.

El chico de la caja lo miró con los ojos entrecerrados.

    — ¿Gasolina?

    — Hoy no. Hoy vengo a por un café.

    — ¿Un café? —repitió el chico como si hubiera pedido champán.

    — Ya era hora de probarlo —dijo Alonso.

Con un expreso en la mano se sentó en una de las mesas arrumbadas entre la cristalera que daba a la salida y las estanterías repletas de dulces, patatas fritas y accesorios para coche. Se sorprendió de que fueran blancas: nunca había reparado en ellas. A sus ojos, a los ojos de su yo trabajador y sin tiempo, eran un mero elemento decorativo. Por fin podía comprobar que eran reales. Sorprendentemente cómodas, además.

A su alrededor la realidad pasaba como un documental de la vida moderna: coches con visible prisa esperando su momento para repostar, repartidores en moto pidiendo facturas para la empresa, algún paisano con cara somnolienta abrochándose la camisa… El frenesí le pillaba todavía demasiado cerca como para no sentir lástima por ellos.

El primer sorbo de café le agradó. Estaba muy bueno. No bueno para-ser-de-gasolinera; bueno de verdad. Durante años había mirado con desdén a todos los locos que se atrevían a coger un café para llevar tomándolo por un desatascador de intestinos y, sin embargo, la verdad había estado frente a sus ojos todo ese tiempo. Menuda lección de humildad.

El espectáculo seguía con los pequeños extractos de conversación que podía escuchar. Llego en diez minutos (cuando era obvio que iba a llegar en veinte), qué poca gana de ir al trabajo, sí, Antonio, con tarjeta, gracias. Desde su atalaya podía observar la vida despertando en la ciudad y, desde luego, era muy interesante. Se alegró de haber aprovechado la inercia para madrugar y ocupar su lugar en el tendido para disfrutar de la faena. De dejarlo pasar, la pereza de la jubilación se lo habría impedido.

El chico de la caja se asomó para limpiar la mesa de al lado.

    — Está bueno?

    — Mucho —respondió Alonso—. Va a estar bien eso de estar jubilado.

    — Eso dicen ­—sonríe el otro mientras se vuelve a la caja para seguir cobrando.

Mirar el mundo sin correr. Qué sensación tan extraña y al mismo tiempo tan agradable. Lejos de semáforos en ámbar y jefes insistentes.

Apuró el café sabiendo que ahora su vida era realmente suya. Hoy se permitiría acostumbrarse a la ausencia de un ritmo externo, pero, como leyó un día que decía Clint Eastwood, tenía que marcarse metas y objetivos para no dejar entrar al viejo en su vida.

 

Foto de portada: ©Pexels

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