Yo soy Nadie. No como Ulises cuando se enfrentó a Polifemo. No como un embuste para sobrevivir y salir adelante. No como nada que alguien pueda imaginar. Simplemente soy Nadie, y como Nadie vivo.
Desde muy pequeño tuve conciencia de mi condición, de mi ausencia total de personalidad. El no haber conocido a mis padres y no tener familia ayudó, creo, pero eso no viene al caso. No tengo fotos de mi niñez, ni de mi adolescencia, ni de ningún pasado, y mantengo mis relaciones personales limitadas al mínimo imprescindible. No soy idiota, sé que necesito de otras personas, pero he visto demasiadas veces la incomodidad del resto al enfrentarse a mi nada como para no mantener las distancias.
Pese a que convivo bien con mi carencia, sobrevive en mí una humanidad latente que me hace sentir profundamente insatisfecho con mi vida. Creo que es el único rasgo de personalidad que he podido desarrollar. Por eso, para luchar contra esa insatisfacción, reflexioné mucho sobre cómo podía salir adelante siendo Nadie; de cómo convertirlo en una forma de vida. Tardé en dar con una respuesta satisfactoria, pero cuando la encontré me convertí en la persona más feliz de la tierra, o lo sería si fuese capaz de sentir la felicidad como el resto del mundo.
Desde entonces lleno mi nadidad de vidas escritas por otras personas: pensando, sintiendo y hablando como los textos dicen que lo haga. Lo que unos llaman ser un actor de método yo lo llamo vivir. Pronto me di cuenta de que esa existencia falsa sería la máscara perfecta para que el mundo se me hiciese un poco más humano. Para ser yo más humano en el mundo, más bien.
Me han dado muchísimos premios a lo largo de mi carrera: estatuillas, monolitos, galardones, medallas, adornos y diplomas que amontono en una habitación de mi estudio. El resto de mi casa está vacía, proyectando el lienzo en blanco de mi personalidad en las paredes huérfanas de cuadros y fotografías. Sólo poseo un sillón para sentarme, una cama para dormir y una mesa en la que se amontonan los guiones de mis próximos proyectos.
Trabajo mucho, hilando un proyecto con otro sin descanso, lo que la crítica usa para llamarme adicto al trabajo y excéntrico. La verdadera razón es otra: cuando trabajo soy otra persona, me siento acompañado por ella, vivo a través de sus recuerdos inventados, de su forma de hablar y de ser. En cambio en casa vuelvo a ser yo, a ser Nadie, y vuelvo a estar solo. Y ni siquiera a mí me gusta estar solo.
Foto de portada: ©Hermes Rivera
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Casi casi como un Autista, o como un Asperger.
El día acompaña este relato.
Enhorabuena, sigue así.
Que no falte el ingenio y podamos seguir leyendo.