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Milagro

Paseo por la iglesia como cualquier otro turista. Reconozco que siempre me han gustado los templos: ese halo espiritual y tranquilo, con su olor a incienso, me atrapa cada vez que pongo un pie en suelo sagrado. Por eso cada vez que viajo intento buscar la forma de ver cuantos más mejor.

Por supuesto no me refiero a los modernos, esos mamotretos feos de hormigón encastrados en las ciudades como si de simples oficinas se tratasen. Tampoco a las parroquias en el bajo de un edificio de pisos. Las iglesias, en esto, son como la mujer del César: no sólo tienen que serlo sino parecerlo. Por eso me maravillan esos titanes de piedra tan antiguos que pueden mirar a la humanidad sin rubor pese a ser hijos suyos.

Paseo, como digo, por la iglesia, en este caso una grande, con muchas capillas finamente labradas y misas habituales, cuando reparo en un hombrecillo de unos cincuenta años que, como yo, admira el templo. No es su forma de caminar ni los comentarios que hace a la mujer que le acompaña lo que llaman mi atención: es su sombrero. Un sombrero negro de plasticuero cutre que luce orgulloso en lo alto de su cabeza. Y eso hace que me ardan las entrañas.

No me tengáis por un santurrón meapilas, la religión me importa tres pepinos. Simplemente hay muestras de respeto que importan, o al menos deberían seguir importando. Sé que llegará un día en el que alguien será el último en considerar estos sencillos gestos, pero por mi parte prefiero seguir manteniéndolos. Distinguen a las personas y sirven para, de un simple vistazo, saber con quién te estás relacionando. Por eso me entran ganas de ir y llamarle la atención a ese maleducado, porque hay gente para la que el templo es algo sagrado.

A lo largo de mi paseo veo al menos diez hombres que, como el tipo del sombrero, llevan sus cabezas cubiertas por gorras deportivas, gorros de lana e incluso ridículos jipijapas. Toda una caterva de maleducados de distintas edades mostrando su ausencia de modales sin tapujos. Es lo que hay, susurro para mí, y decido terminar mi visita observando el altar mayor.

Ya estoy a punto de marcharme cuando escucho un trompazo a mi derecha que retumba cientos de veces en el templo. Giro la cabeza para ver qué ha pasado y me encuentro un sombrero negro de plasticuero cutre dando vueltas por el suelo. A su lado la cabeza descubierta del maleducado está levantándose con la cartera, llaves, móvil y algún que otro papel a su alrededor.

Sonrío y miro al Cristo que corona el altar y casi puedo sentir cómo me devuelve la sonrisa y me guiña un ojo, cómplice.

Es una lástima que no sea creyente, porque de serlo podría decir que he presenciado un milagro.

 

Foto de portada: ©Skitterphoto

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