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Mi silo

Desde pequeño los vi ahí, quietos sobre el horizonte de los pueblos como titanes esperando a despertar cuando llegase su hora, y siempre me parecieron unas bestias impresionantes. Apartados, vallados, con sitio alrededor… conforme yo crecía no dejaba de ver las grandes posibilidades que podían ofrecer y lo desaprovechados que estaban. Fue así cómo me enamoré de los silos, y con el tiempo acabé por hacerme con uno. Con mi silo.

Puede que parezca una tontería, pero siempre me han parecido bonitos. Los más antiguos sobre todo, esos que se hicieron en los años cuarenta con idea de que fuesen no sólo útiles sino también bellos a la vista, pero también los de los cincuenta y sesenta, tan altos y blancos con su torreón. El mío es de estos últimos, y ya va camino de cumplir los setenta y cinco años. Ahí es nada.

Para mí una de las principales ventajas que tienen los silos es que están anclados en medio del mundo rural, apartados de las aglomeraciones de las ciudades. Siempre he aborrecido la vida urbana, y por eso cuanto mayor me hacía, más sentido cobraba para mi el retirarme a un pueblecito para vivir con tranquilidad. Si a eso le sumamos que soy cocinero de profesión, la idea no podía ser más sencilla.

Compré mi silo a un precio irrisorio para el tamaño de la parcela que ocupa y el lugar en el que está. Tras visitarlo vi claro lo que tenía que hacer. No iba a ser fácil, y requeriría mucho gasto, pero pensé que valdría la pena y vaya si así ha sido.

Lo primero fue crear junto al ayuntamiento un museo sobre el silo, en el que se exhibiría la maquinaria, habría maquetas, etcétera. Yo cedí el edificio contiguo a mi silo, y el consistorio se encargaría del resto. Así conseguí que la gran cantidad de permisos que tenían que darme fuese algo más ligera de papeleo. Porque para la segunda parte de mi plan había mucha reforma que hacer.

Dividir un silo en dos es más complicado de lo que parece, y más si una parte quieres destinarla a crear un restaurante y la segunda a que sea tu residencia. Fue un trabajo ímprobo, pero visto con la perspectiva que dan los años, creo que jamás he tenido mejor idea. La iluminación fue un gran reto, pero gracias a un sistema de espejos incluso la mesa más recóndita recibe luz natural procedente de las pequeñas ventanas que rompen las gruesas paredes de hormigón.

Mi silo encierra mi vida entera: cuento con un restaurante único en el mundo que estoy preparando para optar a su primera estrella Michelín y una casa preciosa de dos pisos encima. Sin embargo lo que más me gusta es mi oficina, colocada en lo alto del torreón, y la terraza sobre el tejado, en la que puedo relajarme por las noches sin oír ni un solo ruido. ¿Es que se puede pedir algo más?

 

Foto de portada: ©Silo de Huete

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