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Mi ídolo

Recuerdo la primera vez que escuché su voz. Ese torrente de elegancia, de fuerza y de energía me llegó a lo más profundo de mi ser y desde entonces supe que me convertiría en seguidora suya para siempre. Era mi ídolo, y así se lo decía a todo el mundo.

La verdad es que su porte ayudaba. Era alto, no guapo pero sí atractivo, y el aspecto que mostraba en las portadas de sus discos y en las fotografías de su web era verdaderamente imponente. Pero lo que me llamaba la atención por encima de todo era su voz. Escucharla me arreglaba un día torcido, de verdad. Sé que suena cursi o absurdo, pero era así. El gusto con el que cantaba, la facilidad que tenía para hacer maravillas con sus cuerdas vocales… El impacto que causaba en mi era espectacular.

Por fin, tras meses de espera, se anunció un concierto suyo en España. La alegría que me llevé no la puedo explicar, pero toda mi oficina supo que la mañana que se ponían las entradas a la venta yo no iba a estar disponible, al menos hasta tener la mía. Debí de ser la primera en comprarla y, acto seguido, organicé el viaje y el alojamiento. Mi bolsillo no estaba para grandes dispendios, pero escuchar a mi ídolo en directo valía la pena.

Durante el tiempo que pasó desde la compra de la entrada hasta el concierto compré todos sus discos y los escuché hasta casi rayarlos. Veía los vídeos que la gente había colgado de sus actuaciones y miraba embelesada las fotos de portadas y carteles. Cada día que pasaba estaba más emocionada.

Por fin llegó. La jornada de viaje. El maquillarme e ir con tiempo. La compra del merchandishing. Los nervios. La gente a mi alrededor casi tan emocionada como yo. Y el grito que salió de mi garganta y que me sorprendió a mí misma al verle poner un pie en el escenario. Era tan atractivo como en las fotos y cantaba tan bien como en los discos. Juraría que en un momento incluso me miró. A mí. Me quería morir allí mismo.

Las canciones pasaban una tras otra, los sentimientos entrechocaban en mi interior y aún faltaba lo mejor: no me había limitado a comprar una entrada normal. No. Yo tenía la entrada VIP, lo que suponía que al acabar podría ir al backstage a conocer a mi ídolo de una vez por todas. No podía ser más feliz.

Al acabar, mientras caminaba por la zona de paso hacia los camerinos, repasaba mentalmente el discurso que había preparado para soltarle en los pocos segundos que tendría para hacerme una foto con él. Que su voz me había cambiado la vida, que me alegraba los días tristes, etcétera. A mi alrededor unas quince o veinte personas parecían hacer lo mismo entre risitas nerviosas y codazos cómplices.

Cuando ya estábamos llegando, unos gritos nos sorprendieron a todos al doblar una esquina. A juzgar por la cara que puso nuestro guía la cosa era relativamente normal. Nada más enfilar el pasillo de los camerinos pude ver cómo esa voz angelical que tanto me había conmovido durante el concierto sonaba ahora como un graznido gutural soltando improperios al personal del backstage, deformándole el rostro un rictus repugnante que no se parecía en nada al del hombre que minutos antes había abandonado el escenario. Yo no sé mucho inglés, pero lo que estaba saliendo por esa boca no eran precisamente felicitaciones ni halagos.

Todos estábamos algo confusos al verle así, con la cara roja y descompuesta, una toalla sobre los hombros y la camisa abierta hasta mitad de pecho. Fue entonces cuando me di cuenta de que el pelo, que tan brillante me había parecido al verle en el concierto, brillaba de grasa acumulada de varios días. Cuando posó para las fotos ni siquiera se molestó en sonreír, apartándose como si le diéramos asco. Y eso que era él el que apestaba a tabaco, alcohol y sudor. Por supuesto ante tal demostración de indecencia humana mi discurso se me quedó en la garganta.

Nunca conozcas a tus ídolos, leí por ahí alguna vez. Ahora entiendo por qué. Para mi éste ha quedado arruinado para siempre.

 

Foto de portada: ©Stock Snap

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