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Maquillaje

Me despierto aturdido y parpadeo un par de veces hasta que consigo situarme. Llevo demasiados días viajando como para que me resulte fácil. Al mirar por encima del hombro veo que hay tierra allí abajo, entre las nubes. Pronto empezarán la maniobra de aterrizaje.

En la cabina del avión se escuchan cientos de ruidos por encima del ulular constante de los motores: la azafata se acerca a hablar con un señor mayor que está sentado pocas filas por delante, un bisbiseo musical proviene de algunos cascos cercanos, el niño que lloriquea en los asientos de cola, alguien bebe haciendo un gran estruendo… Nada de eso importa, pues por el rabillo del ojo, ahora que ya me he desperezado, lo que me llama la atención es la chica que tengo a mi lado.

Es una chica normal, de ventitantos años, con su melenita morena recogida en un cómodo moño para viajar, unos labios finos, ojos oscuros y nariz respingona. Cuando me senté a su lado me fijé en ella y pude ver que tiene algunas pecas, finas arrugas en la frente, marcas de granos de adolescencia y una minúscula cicatriz en la barbilla; la cara de alguien que ha vivido lo suficiente como para que la vida ya le haya cobrado parte de su cuenta. Una chica del montón. Sin embargo ahora está sacando del bolso al menos ocho estuches de maquillaje diferentes dejándolos sobre la bandeja del asiento con calculada parsimonia, y eso me sorprende.

Cuidándome de no parecer un mirón, sigo atento a esas manos: primero abren una a una las distintas cajitas de maquillaje como valorando cuál de las infinitas posibilidades de verdes, azules, rosas y morados van a elegir, para después descartar cinco que regresan de nuevo al bolso. Con el mismo gesto saca una toallita que se pasa por la cara y, una vez con el lienzo limpio, abre un espejito e inicia la obra.

El proceso parece complejo, pero la mano es experta y milagrosamente se apaña sin rozarme en el estrecho espacio de la cabina. Poco a poco va borrando pecas y arrugas entre capas de maquillaje, sorprendiéndome su pericia a la hora de hacer desaparecer incluso la cicatriz de la barbilla, que en se ha esfumado en un santiamén. Incluso cuando empezamos a cruzar nubes al descender y las turbulencias hacen que el niño del fondo del avión llore con más fuerza, ella mantiene su trazo firme y consigue dibujar la línea del ojo sin titubear. Qué arte.

En menos de diez minutos mi compañera de viaje se ha transformado en una chica maquillada como para ser el centro de atención en cualquier sala de fiestas, liberando la melenita de su moño para dar el último toque al rostro.

Entonces me pregunto por qué se habrá maquillado tanto, si tendrá una reunión de trabajo o alguien importante la estará esperando con flores en el aeropuerto. Y me digo que esa es la cosa de viajar, compartir unas horas con personas con las que probablemente no volverás a coincidir jamás para luego despedirte con la incógnita de cómo seguirán sus vidas.

 

Foto de portada: ©armennano

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