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Manos

— No lo sé… sí, supongo… ¿A qué viene esa pregunta?

Marcos se había quedado callado mucho tiempo desde su regreso del baño, y ante la insistencia de la chica había terminado por hablar. Su pregunta, directa y sin adornos, le había pillado con la guardia baja: ¿Tú te consideras joven? Laura le miraba con los ojos entrecerrados sin comprender. Hasta ese momento la charla había recorrido sus respectivas pifias amorosas, de manera que no terminaba de ver la relación entre ambas conversaciones.

— ¿Qué has visto en el baño que te lleva a preguntar eso?

— Luego te digo —negó con la cabeza Marcos—. Tú responde.

La chica parpadeó rápidamente y se llevó la cerveza a los labios para ganar tiempo. Yo creo que sí, ya sabes, los treinta son los nuevos veinte y esas cosas… Por alguna razón su cabeza no le permitía armar un argumento sólido para defender su postura.

— Eso es un constructo social. Los treinta son los treinta y los veinte, los veinte. Vale que ahora vivimos más, la vida se alarga y por tanto el concepto de juventud también, pero no me refiero a eso. Me refiero a que si tú, dentro de ti, te sientes joven.

Laura se pasó la lengua por los labios. Miró a su alrededor, al resto de personas que llenaban la terraza en la que habían quedado esa tarde. El buen tiempo invitaba a seguir tomando las calles en lugar de atrincherarse dentro de los cafés, compartiendo el largo veranillo de San Miguel con un refresco al sol. Su vista vagaba entre los distintos personajes que ocupaban las sillas hasta que reparó en un grupo de tres, aproximadamente de su misma edad, que compartía una carcajada casi contagiosa a dos mesas de distancia. Eran dos chicos, uno delgado y con gafas de sol y otro con una incipiente calvicie y barba rala, y una chica bajita y con el pelo rubio pajizo. Y parecían felices. Felices en su juventud.

— ¿Los ves? —preguntó a Marcos señalándoles con la cerveza—. Ellos parecen felices, y son jóvenes. Y yo me siento igual.

— ¿Feliz o joven?

— No cambies de tema.

Marcos sonrió con los hombros alzados pidiendo tregua.

— Entonces te sientes joven, bien. ¿Y cuándo se deja de ser joven? O más bien, ¿cuándo la juventud empieza a ser interna y deja de ser externa?

La pregunta era demasiado metafísica como para que Laura pudiera responder sin más datos. Esto debió de reflejarse en su cara, pues el chico extendió sus manos mostrándoselas de cerca.

— ¿Qué ves?

— Eh… —Laura no terminaba de comprender— ¿Tus manos?

— Sí, mis manos… pero ¿son las manos de un joven?

— ¿A dónde quieres llegar con esto, Marcos?

— A que mis manos ya no son tan jóvenes. O no tan jóvenes como las recordaba, mira, tienen marcas y arrugas entre el pulgar y el índice, y esta mancha antes no estaba ahí.

Laura no pudo reprimir una carcajada al comprender finalmente lo que le preocupaba a su amigo. Probablemente al lavarse las manos en el baño se había fijado en sus manos y al ver todos esos detalles había vuelto magníficamente preocupado por el paso del tiempo.

— No te rías, que no es broma.

— No, no lo es —concedió la chica asintiendo—. Es la vida, nos hacemos viejos… pero piensa en lo que significan esas marcas. Son las experiencias que te han llevado hasta el día de hoy, y aun a riesgo de sonar a libro de autoayuda barato, benditas experiencias. No las cambiaría por un par de manos inmaculadas, la verdad.

Aquello pareció calmar a Marcos por un momento, que se miró las manos por última vez —esas manos de joven envejecido—, antes de levantar la vista.

— Pero somos jóvenes.

— Pero somos jóvenes —volvió a asentir Laura.

Marcos se repanchingó en su asiento todo lo largo que era. Parecía aliviado pero no dejaba de juguetear con los dedos sobre las palmas de sus manos.

— ¿Qué hacen los jóvenes de nuestra edad normalmente?

— Probablemente algo que ni a ti ni a mi nos guste.

— Eso es verdad.

Y los dos compartieron una mirada cómplice y sonriente que les dibujó unas leves arrugas en el borde de los ojos mientras los tres chicos que estaban dos mesitas más allá reían de nuevo.

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