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Los últimos cruzados

El sol iba ganando fuerza poco a poco sobre el horizonte. A esa hora los campesinos de las afueras empezaban a cargar los aperos tras desayunar y quitarse de encima el entumecimiento del relente. Los que tenían ganado lo pastoreaban hacia la llanura verdosa, y aquellos que trabajaban en la ciudad arrastraban los pies por la carretera. Fue Zurab el primero que levantó la cabeza y los vio. Allí lejos, recortados en el astro rey como fantasmas del alba, un grupo de jinetes avanzaba al trote hacia la entrada de Tiflis. No era extraño ver viajeros llegando temprano, pero desde que Rusia declaró la guerra al Imperio Otomano el recelo ante los recién llegados era norma.

No fue la desconfianza lo que movió a Zurab a dar un golpe en el hombro de su mujer y señalar a los jinetes con la mano en alto y la cara desencajada. De hecho no era el único que actuaba de aquella forma. Todos los vecinos se congregaron en la carretera esperando la llegada de los viajeros, que parecían venir no de otro lugar, sino de otro tiempo. En medio de la luz sucia de la madrugada, entre moscas, polvo y el choque de los herrajes, quince figuras altas y robustas miraban altivos la capital de Georgia. Los hombros se les combaban levemente bajo el peso de gruesas armaduras y herrumbrosas cotas de malla, y lucían en pechos y escudos la cruz de los cruzados. Los ojos duros y fríos escudriñaban los flancos, reviviendo en el gesto las guerras contra el infiel que batallaron sus ancestros. Espadas, arcos y carcajes rebotaban sobre los lomos de las bestias, unos preciosos animales de brillante pelaje y gruesos músculos listos para entrar en combate.

¿De dónde han salido estos tipos?, susurraban por lo bajini los curiosos que seguían a la comitiva desde una distancia prudencial. La pregunta se repetía entre gestos de incredulidad y brazos inquisidores en cada esquina que doblaban, mirándoles pasar siempre en perfecta formación. El líder de todos ellos, un hombre delgado con poblada barba negra quebrada de canas, iba al frente sin mostrar un atisbo de duda pese a ser la primera vez que abandonaba su hogar entre las montañas del Cáucaso. Su montura respondía con nobleza al más mínimo golpe de talón, moviéndose entre los ciudadanos con majestuosidad. Aquellos guerreros olían a sudor y a tierra, pero en el exotismo de sus atuendos refulgían orgullos pasados y temples deshechos por el olvido.

En la avenida principal de Tiflis los tenderetes se habían quedado a medio montar. Unos mercaderes se estiraban sobre sus estantes para ver mejor el centellear de las armas, mientras que otros, más prudentes, veían con recelo los gestos hoscos y el filo de las espadas. Así, entre los que aplaudían al paso de la compañía y los que se escondían entre las callejuelas, los caballeros llegaron hasta el palacio de gobierno. Desmontaron todos a una orden del cabecilla, que dejó las riendas de su montura a su lugarteniente para acercarse a un hombretón grueso y rubicundo que parecía ser el gobernador. En efecto, en cuanto los misteriosos viajeros habían aparecido en los arrabales de la ciudad, el representante del Zar había sido avisado; un pelotón armado con rifles apuntaba a los recién llegados desde las azoteas cercanas por precaución.

Ambos hombres se tomaron la medida antes de hacer ningún gesto. Contrastaban los deslucidos atuendos bélicos del caballero con la elegante gabardina y el sombrero de copa del gobernador. Pese a ello una fuerza indescriptible emanaba de cada articulación de la vieja armadura del cruzado; en ella residía una nobleza superior a cualquier moderno atuendo de los burgueses de la ciudad. Cuando pasó el tiempo suficiente, el barbudo guerrero se llevó dos dedos al yelmo e hizo una breve inclinación de cabeza.

— Nos han dicho que hay una guerra —dijo con una voz tan antigua como su apariencia—. ¿Dónde hay que pelear?

 

Foto de portada: ©Devanath

 

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