Esta noche había tocado gala benéfica, pero podía haber sido cualquier otra cosa: una inauguración de una exposición, la apertura de un nuevo restaurante… cualquier excusa valía para lucir su éxito, hacer nuevos contactos y dejarse adular por los que le envidiaban; en definitiva: sentirse importante. Aparte de ganar dinero, lo que más le gustaba hacer era sentirse importante.
Sin embargo al llegar a casa el oropel y los cumplidos le abandonan, quedando muy lejos del vestidor en el que se descalza, deja los gemelos de oro sobre la cómoda, se libera de los calcetines y deshace el nudo de la pajarita. Allí está solo, y la quemazón de la nuca al sentir el peso del pasado sobre su sombra hace que le tiemble el gesto.
Camina hasta la cama. El colchón es de esos que prometen abrazarte toda la noche, pero él ya no se deja abrazar por nada. Desde el divorcio se ha blindado a las relaciones personales, retirándose poco a poco del campo de batalla del cariño. Se tumba sin quitarse del todo la camisa, con el pecho abierto al techo como si esperase un disparo. No será por falta de interesados en dárselo.
Entonces lo piensa, como cada noche: todo esto no debería haber salido bien.
Su fortuna, su empresa, sus contactos, sus casas, los premios, las portadas… todo descansa sobre una red de decisiones egoístas, promesas rotas, verdades a medias… demasiados cadáveres en el armario, demasiados favores no pagados a gente poco fiable. Socios traicionados, empleados pisoteados, familias deshechas, ideas robadas, silencios comprados. Los pilares de su éxito eran invisibles, convenientemente silenciados, pero estaban ahí y empezaban a acumularse.
—¿Te acuerdas de Javier? —susurra su conciencia—. Te recomendó sin esperar nada, y lo echaste en cuanto estuviste arriba.
—¿Y de Lucía? —preguntó otra voz, más dulce—. Nunca le dijiste que tu viaje era con otra.
—¿Y de Marcos? —dijo una más grave—. Su quiebra te pagó el primer coche.
No responde. Nunca lo hace. Solo escucha y espera a que se callen. Siempre acaban callándose.
Se incorpora bañado en sudor, mirando hacia la oscuridad como si esperase ver algo moverse entre las sombras. Pero todo está en su sitio. El castillo de naipes sigue en pie. Por ahora.
Se recuesta otra vez y repasa la agenda del día siguiente. Tiene reuniones con políticos, entrevistas, la firma de un nuevo edificio. Tiene que seguir sintiéndose importante.
Y, sin embargo, al cerrar los ojos, escucha un crujido. El de uno de los pilares de su éxito a punto de derrumbarse.
Foto de portada: ©Pexels
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