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Los mitos del verano

Cada vez que empieza el verano, que el sol gana horas en el firmamento y calienta con más fuerza las aceras y los coches de la ciudad, es cuando nace la magia. El hechizo se asienta en los corazones de las personas con fuerza al principio, pasando lentamente a formar parte de la cotidianeidad hasta que llegan los primeros días del otoño; pues esa es la verdad de la triste condición humana: dar todo por hecho sin valorar nada.

El verano es esa sucesión de días donde todo el mundo parece más contento, donde las mentes están más despejadas y los ánimos más descargados. Ansias de aventura, de experiencias nuevas, de crecer, en definitiva, invaden los espíritus moviéndolos para que cumplan con sus más caprichosos deseos. Playa o montaña, paseos por parques, horas de lectura, cualquier cosa parece posible ante la aparentemente eternidad del sortilegio estival. Noches enteras de fiesta, amores cortos e intensos vividos a besos pasionales entre sábanas húmedas de alcohol y perfume. Pasión.

Sin embargo la fuerza del verano abarca mucho más que estos pequeños milagros que otorga la vida. Incluye la creencia de que las cosas irán bien, de que el sol brillando en lo alto es augurio de fortunas venideras, y que de alguna manera cualquier meta que nos propongamos llegará a buen puerto. Quizá algún día el cielo se envuelva temporalmente en nubes que alivien su carga en forma de gotas monstruosas y tenebrosos truenos, pero eso no hace más que aproximar el encantamiento a los finales felices de las historias en las que el protagonista, antes de lograr su objetivo, ha de sufrir alguna penuria pasajera que le lleve a estimar aún más la recompensa.

Hay un peligro, no obstante, y ese es dejarse llevar demasiado por la euforia del artificio. Tarde o temprano el sol se irá apagando y los mitos del verano quedarán desdibujados por el frío y la lluvia, trocando las buenas intenciones en ambiguas ideas que pronto pasarán a ser recuerdos de un tiempo más feliz. Por ello hay que tomar precauciones y no dejarse llevar por los sentimientos rebosantes de positividad formados durante el buen tiempo. Es necesaria la consciencia de que en algún momento las hojas de los árboles perderán el verdor y caerán pavimentando las calles de un mustio y quebradizo marrón que acabará convertido en lodo arrastrado por las primeras gotas de la siguiente tormenta. Tan pisoteadas como las ilusiones de aquellos que, en vez de guardar esos buenos augurios traídos por los rayos de sol y utilizarlos para crear hábitos y costumbres, los gastaron en pagarse a sí mismos de sonrisas falsas y fastuosidades morales.

Todo esto pienso al partir dispuesto a enfrentarme al Atlántico al mando de mi tripulación, con los ojos fijos en el horizonte preparado para, dentro de muchas horas, marcar la partida e iniciar una nueva aventura capitaneando este carguero. Quién sabe si, bajo el sol del verano, los auspicios se volverán tan frágiles como esas voluntades de las que antes hablaba. Al menos a nosotros nos quedará siempre la honrilla de vernos diferentes a las almas que quedan en tierra pues, en la mar, la supervivencia depende por entero de la pericia y la voluntad del hombre.

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