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Los mártires

Hace siglos que perdí la cuenta de cuántos pasos llevo descendiendo tras la sombra de las caderas del súcubo, que parece iluminar el desfiladero por el que caminamos con su lasciva oscuridad. Aquí abajo no hay sonidos, ni aire, ni brisa. Sólo el quejido sordo de esta tierra impía que encierra todo el mal del mundo.

Al poco, el sendero se abre permitiéndome alejarme de esas paredes de azufre que sólo rezuman fuego. Nada se mueve salvo mi aliento fatigado, mis labios con cortes de sed, y la duda que salta dentro de mi pecho: ¿recuperaré alguna vez mi alma?

    — No has debido venir aquí.

Oigo la voz lejos, como un susurro, asustándome hasta casi caer al suelo.

    — ¿Quién habla?

    — ¿Qué dices?

El súcubo se ha detenido unos pasos por delante y me mira con una mueca extraña en el rostro.

    — Alguien ha hablado.

    — No ha hablado nadie.

    — Si no has sido tú, alguien ha tenido que serlo.

Me vuelve a mirar con esa mueca rara y se da la vuelta para seguir el camino.

    — Tanto tiempo aquí abajo te está friendo el cerebro, exorcista. Démonos prisa antes de que pierdas la cabeza.

Escucho sus palabras, pero no les presto atención. No cuando empiezo a ver cómo distintas sombras grises se filtran entre las grietas de la roca hasta los lados del camino. Otra vez siento el pelo de mi nuca erizarse, no por su presencia, sino por lo que forman: una horrible hilera de cuerpos humanos deshechos por el pecado y la maldad.

Aquí un crucificado, allí un degollado. Más adelante tres cuerpos arrastrando sus pieles a medio despellejar. Cuellos rotos, pieles quemadas, vísceras al aire, miembros arrancados. Todos grises y cetrinos, mirándome sin ojos como si fuese la única persona capaz de verles. Como si el súcubo no existiera.

Vamos, aprieta el paso, me dice burlón confirmándome que no es capaz de ver las almas en pena que nos rodean. Ella no y yo sí. ¿Por qué?

    — Míranos —la voz susurrante vuelve a sonar en mi cabeza—. Nada bueno te espera por este camino.

    — Lo que os ha pasado a vosotros no me pasará a mi —pienso sin mover la boca, sabiendo que ellos me escuchan.

    — Eso creímos nosotros y, sin embargo, míranos. Abandonados por nuestros iguales. Por nuestra fe. Condenados a vagar en el infierno por un pecado que jamás cometimos.

Soy un exorcista, un guerrero contra el Mal, pero sigo siendo un cura. El amor de Dios es lo que me mueve.

    — ¿Por qué pecado estáis aquí?

    — Morir por nuestra fe sin que nadie nos recuerde.

Entonces lo entiendo. Las carnes deshechas y los miembros ausentes. No son meras almas errantes, son mártires olvidados. Hijos de falsos profetas cuyo único error fue creer en un Dios imaginario. Algunos llevan túnicas blancas manchadas con sangre de toro; otros, rostros cubiertos por máscaras egipcias; uno porta una cruz de madera chamuscada, y otro más sostiene un libro cerrado con un sello de serpiente. Reconozco entre ellos símbolos de dioses y credos que pude estudiar de joven: Mitra, Baal, Mani, Zoroastro… Todos ellos, mártires de la fe que ya no tenía nombre.

    — Yo os ayudaré a salir de aquí.

    — Eso es imposible.

    — Mi Dios lo puede todo.

    — Poco podrás hacer encerrado aquí abajo.

Hablo mirando rostros desfigurados intentando que el súcubo no se de cuenta de lo que hago, pues no quiero explicárselo.

    — Voy a salir de aquí, y os llevaré a todos conmigo.

    — ¿Lo prometes?

    — Lo juro.

Mis pasos siguen descendiendo mientras las sombras desaparecen poco a poco de los lados del camino. Al final llegamos a una zona en la que la senda se bifurca y, antes de seguir los pasos de mi guía, me giro para echar un último vistazo a la devastación que me ha traído hasta aquí.

    — No olvides tu juramento —susurra la voz antes de desaparecer para siempre—. Sálvanos, exorcista.

 

Foto de portada: ©Pexels

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