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Los abuelos

La historia de cómo se conocieron los abuelos es muy curiosa. Casi parece una patraña que se habría podido inventar cualquiera.

La abuela era una mujer particular. Murió ya muy, muy mayor, tanto que nadie sabía exactamente cuántos años tenía. Ni siquiera ella misma parecía acordarse. Acumulaba los años como quien ajuela trastos, y contarlos le parecía absurdo; como una falta de respeto a la Creación. Era muy piadosa, y de joven fue monja. Por eso, pese a haber estado casada durante más de cuarenta años con mi abuelo, nos sermoneaba sobre los peligros de la concupiscencia, el deber de dar limosna al pordiosero y de no dejarnos llevar por placeres fatuos. Perdió a sus padres de niña, lo que le obligó a convertirse en una trabajadora contumaz, sacrificada. Una persona de las que los modernos de ahora dirían que es resiliente. Corajuda, vamos.

El abuelo, en cambio, era harina de otro costal. Lejos de la decencia juvenil de su mujer, él apuntaba a buscavidas de manual desde la cuna: mediocre alumno tildado de mentecato por sus profesores, zascandil de profesión y receptor de sopapos a tiempo completo. Su padre, harto de sus gamberradas, le buscó oficio dando de comer a los puercos del vecino para luego bregarse como mozo de tabernero. Allí nació su gusto por la jarana y el tintorro, que bebía de soslayo de las copas de los parroquianos. Poco tardó en descubrirse la triquiñuela y el dueño del local decidió librarse de él. De ahí se montó en un carricoche hacia el sur, a enrolarse en un pesquero de almadraba. Tampoco duró mucho allí, por lo que se marchó a Sudamérica en busca de mejor fortuna. En su pueblo las malas lenguas dijeron que le habían abducido, pero para su cuadrilla él era un héroe.

Por su parte la abuela tuvo una vida tranquila en Tenerife. En las fotos que he visto de ella, de joven fue guapa y voluptuosa, pero siempre se quejó de ser un imán para sinsorgos estomagantes que iban a lo que iban sin rubor. Porque a tu abuelo le pierde el tema sicalíptico, como dice él —sonreía artera—, pero fue todo un caballero. Cansada de los hombres resolvió que lo suyo era vestir santos y se metió a monja. Los años que estuvo en el convento, que afortunadamente no era de clausura, se centró en hacer postres para vender en la ciudad, especializándose en las yemas de Santa Teresa y las torrijas cuando era época.

El encuentro entre ambos fue fortuito, como debe de ser en estas historias. Al abuelo le había entrado morriña y decidió volver a España cambiando el aroma de las jacarandas por la aventura de buscarse la vida en las Afortunadas. Al poco entró de pinche en la cocina de un restaurante, y allí se pasó horas y horas dándole al almirez para machacar hierbas para los guisos. El sueldo era escaso, por lo que un amigo —de los que nunca faltaron a mi abuelo— le enseñó a tocar la tuba y por las noches animaba fiestas en una banda, además de salir en Semana Santa y de cuando en cuando a la calle él sólo para redondear el salario gracias a la música.

Y ahí estaba él, con los ojos más grandes y vivos que los de una lechuza —decía mi abuela—, tocando en la calle escudriñándome entre la gente. Es que estaba guapa incluso con el hábito, pardiez, cortaba el abuelo entre risas siempre que contaban la historia. Se me pegó al culo como una almorrana, y yo sin saber cómo quitármelo de encima, seguía ella. Me tuve que subir a una guagua para que se apartase de mí.

A los pocos días él consiguió encontrarla de nuevo, y no sé qué le diría —eso nunca me lo contó—, pero al mes ella había dejado el convento y tenían fecha de boda. Ahora cuando queremos acordarnos de ellos contamos esta historia, recordando las miradas pícaras que se dedicaban al relatarla, tan enamorados como cuando él la persiguió con su tuba por las calles de Tenerife.

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