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Libertadores X

— ¡A cubierto, Juan! —gritó don Ernesto—. ¡Santiago!

El claro había estallado de júbilo con la llegada de los refuerzos. El taíno enviado al poblado había cumplido con creces, trayendo de alguna forma a los españoles que había dejado en la costa montados en los fieros caballos de batalla. Seguro que al no haber recibido noticias suyas en dos días el capellán había mandado un grupo a buscarles. Nunca se alegró tanto de que alguien hubiera desobedecido una orden suya.

— ¡Santiago! ¡Cierra!

Los gritos, sumados a los brutales estampidos de los mosquetes y los relinchos de los corceles terminaron por romper la férrea moral del enemigo, que sorprendido por esas criaturas de cuatro patas mitad hombre mitad bestia huyó dejando a sus heridos por el camino. La victoria era suya.

— ¡Haced prisioneros para el jefe de los taínos! —ordenó don Ernesto mientras apoyaba su mano en el hombro de su intérprete.

— ¡A la orden!

La contienda terminó con un total de cinco españoles muertos, cuatro heridos graves y un sinnúmero de cortes y moratones. De los taínos tan sólo dos perecieron, por un total de quince enemigos abatidos. Tres prisioneros maldecían en su lengua a todo el que se les acercaba, no haciendo falta traducción alguna para entenderles.

— Justo a tiempo —saludó el capitán a uno de sus hombres mientras aceptaba las riendas de un caballo—. ¡Volvamos al poblado!

Durante el camino de vuelta supo los pormenores de la llegada de los refuerzos a la aldea taína, y cómo consiguieron hacerse entender con los indígenas tras un breve malentendido inicial. El aviso de la batalla fue lo que llevó a todos a partir rápidamente en su busca. El resto era ya historia.

— ¿Qué plan hay, señor?
— Dar sepultura a los nuestros y esperar. No podremos salir de aquí sin la ayuda de estas gentes.

En la cabeza de don Ernesto los ecos de la batalla todavía resonaban con fuerza. Había hecho bien en no subestimar a sus enemigos, pero en aquella tierra extraña todo parecía posible, para bien y para mal. Sólo él y la determinación de sus hombres le servirían para salir de allí con vida. Habían tenido su primer encontronazo en el Nuevo Mundo, pero sabía perfectamente que esa refriega tan sólo era el aperitivo de lo que les esperaba.

— Algunos hombres dicen que sería mejor volver a la costa.
— ¿Acaso tienen miedo?
— Puede.

Don Ernesto miró hacia atrás desde lo alto de su corcel, a la hilera de hombres que tenía bajo su mando: taínos y españoles caminaban a buen paso unidos por una causa común. El aspa de san Andrés brillaba de rojo sangre cerrando la comitiva, lo que consideró un buen augurio en vista de cómo había acabado la jornada.

— Todos tenemos miedo —dijo sin bajar la vista—, pero seguimos adelante. Siempre seguimos adelante.

 

Foto de portada: ©enriquelopezgarre

 

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