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Libertadores VIII

Un silbido agudo y penetrante puso a todos en alerta.

— ¡Bajad las cabezas!

De entre la maleza salió una andanada de flechas que acabó rebotando entre rocas y escudos. La respuesta no se hizo esperar, con los diez mosquetes anegando el aire de pólvora quemada entre estruendosas explosiones multiplicadas por el eco de las piedras. Los taínos aguantaron bien el ruido; mucho mejor que sus enemigos, que gritaron aterrorizados y no volvieron a disparar.

— ¿Y bien? —la voz de don Ernesto pedía el recuento sin apartar la vista de la jungla.
— Dos heridos por flecha. Nada grave.

El primer envite era suyo. A saber cuántos más vendrían.

Los españoles se afanaban en recargar los mosquetes tan rápido como les era posible. Era un proceso tedioso y delicado, pues colocar demasiada pólvora o arrimar la mecha antes de tiempo podría tener consecuencias fatales. Todo bajo la atenta mirada de los taínos, que seguían en formación sin perderse nada de lo que hacían esos recién llegados armados de metal y fuego.

— No bajéis la guardia.

Un segundo silbido rasgó el aire, más largo y gutural, como aviso de algo que no iba a ser bueno. Luego todo volvió a quedar en calma.

— ¡Mosquetes, atentos!

En ese momento la jungla se agitó y de nuevo un mar de flechas salió en su dirección, pero esta vez no vinieron solas. Tras la andanada aparecieron en el claro un montón de hombres armados con rústicas lanzas y cuchillos, todos gritando cosas imposibles de comprender para los españoles. Tal y como se temía don Ernesto, sólo tendrían ocasión de lanzar una nueva salva de mosquetes antes del choque. Después serían las espadas las que decidieran su destino.

Las explosiones volvieron a llenar el aire de humo negro, toses y ojos llorosos, pero la recompensa mereció la pena: diez enemigos caían en el suelo entre alaridos y con un gesto de impotencia en los rostros. Ninguno entendía qué era esa magia que les había causado una herida mortal, pero tampoco hizo que sus compañeros retrocedieran. Eran soldados valientes, y no iban a desaprovechar la oportunidad ahora que tenían a sus rivales acorralados

— ¡Santiago! —gritó don Ernesto al desenvainar su hoja viendo que mantener la formación era del todo inútil—. ¡Cierra!
— ¡Cierra, España! —respondieron sus hombres.

Las picas se movieron hacia delante ensartando en el aire a los primeros enemigos que saltaron hacia ellos. Después el arma se dejaba caer para rematarlos a espadazos. Los taínos se desenvolvían con fiereza con sus hachas de roca, descubriéndose como sanguinarios e implacables guerreros. El único que se mantenía ajeno a la batalla era Juan, el intérprete, que veía cómo sus compañeros avanzaban formando un semicírculo cada vez más grande mientras él amontonaba los mosquetes contra la piedra con una temblorosa espada en su diestra. No tardaría en llegar el momento en el que incluso él debería luchar.

 

Foto de portada: ©enriquelopezgarre

 

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