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Le Pétomane

El despertador tronó junto a su cabeza martilleándole con el repiqueteo metálico y vibrante de la campanilla. El hombre lo odiaba, pero odiaba aún más perder horas de vida en su lecho. Pese a ser un anciano seguía levantándose pronto por la mañana para ojear la prensa y darse una vuelta por sus negocios: la panadería y la fábrica de galletas. Se atusaba el bigotón blanco, se peinaba el poco pelo que le quedaba de forma más que aceptable, y de impoluto traje salía de casa con el mismo empaque que años atrás. Viejo ya a sus más de ochenta años, todavía mantenía el porte de tiempos mozos en los que hacía giras internacionales para demostrar al mundo su talento. Porque él, aun ajado por la edad y olvidado por la gran mayoría, era Le Pétomane, el que en su día fue el artista mejor pagado de toda Francia.

Con su sombrero hongo calado hasta las cejas llegó a la panadería, donde sus empleados se afanaban por tener todo a punto para la primera hornada. Bonjour, monsieur Pujol, le decían los empleados, y seguían a lo suyo tras un breve gesto de su patrón. El primer sol del día iluminaba madrugador las olas del mar de Marsella, que se veía perfectamente por las ventanas del edificio. El anciano probó la masa, revisó las bandejas de repostería y se dio por satisfecho. Au revoir y à demain.

Las visitas a la panadería apenas le llevaban tiempo. Había sido panadero durante muchos años, primero de niño y luego cuando se retiró de los escenarios, por lo que su ojo estaba entrenado para ver si las cosas funcionaban o no. De simple vistazo sabía si todo marchaba como debía. Casi siempre era así, por lo que prefería dedicar tiempo a su fábrica de galletas; ese sí que era un negocio complejo.

Caminando por la ciudad pasó frente a un teatro pequeño y lúgubre frente al que se paró. Siempre lo hacía cuando sus pasos le llevaban hasta allí. La nostalgia le obligaba, ya que en ese lugar fue donde nació Le Pétomane. De joven ya sabía del don que la naturaleza le había otorgado, pero no fue hasta que tuvo treinta años que se decidió a montar un pequeño número cómico mediante el cual ganarse unos francos. Así, vestido de chaqué y armado simplemente con un megáfono de latón empezó todo: la presentación en público de la pedomanía y su hilarante capacidad para hacer una clasificación de los distintos tipos de flatulencias. Imitando a un hombre gordo dejaba escapar sonoras ventosidades que pronto mutaban en otras finas y agudísimas al representar a una niñita. No tardó mucho en convertirse en el espectáculo más demandado de la ciudad, llegando a oídos del dueño del conocido Moulin Rouge de París, que le contrató en exclusiva pagándole una fortuna.

Los años del Moulin Rouge fueron los de mayor éxito y en los que su arte llegó a las cotas más altas de perfección. Tormentas, cañones, incluso el eco de alguna palabra, ningún sonido se salvaba de su escatológica imitación. También desarrolló un nutrido menú de chistes para intercalar entre ventosidad y ventosidad, además de contar con una manguera que, unida a instrumentos como una ocarina o una flauta, le servía para interpretar desde canciones populares hasta la Marsellesa. Más no se podía pedir.

La melancolía no atacaba al buen monsieur Pujol, ya que por suerte podía recordar sus buenos tiempos de excentricidad parisiense gracias al disco que grabó con sus mejores imitaciones. Llegó a ser tan famoso que incluso la compañía Edison, de los Estados Unidos, le grabó un pequeño vídeo para que las generaciones futuras pudieran apreciar su talento.

Siguiendo su marcha se acordó del momento en el que su carrera pareció tambalearse. La razón fue participar en un espectáculo de variedades para recaudar dinero para un artista amigo suyo que pasaba por horas bajas. Su buena acción llegó a oídos del dueño del Moulin Rouge, con el que tenía una cláusula de exclusividad, y fue despedido en el acto. Por suerte su Pétomane era irrepetible, de modo que creó un nuevo espectáculo en otro teatro y siguió deleitando a su público hasta la llegada de la Gran Guerra. Fue entonces cuando, cansado y temeroso de las atrocidades de la batalla, abandonó los escenarios y regresó a su querida Marsella para montar una panadería.

– Perdone —interrumpió sus pensamientos un hombre con bastón parándose frente a él— ¿Es usted monsieur Le Pétomane?

El anciano enarcó las cejas, esgrimió una amplia sonrisa bajo su mostacho blanco, y ahuecó el trasero. Cualquiera que estuviera a su lado habría podido escuchar, tan clara como la pregunta que le habían formulado, una vocecita aguda desde la parte de atrás de sus pantalones pronunciando una única palabra: Sí.

 

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