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Las uñas

Fue un apretón de manos más, uno de tantos que doy cada día en mi trabajo. O eso debería haber sido. Como jefe de ventas de mi empresa me toca saludar a diario a más gente de la que me gustaría, ya sea en viajes o en la oficina, a los clientes que nos visitan o los proveedores habituales. Sin embargo ese apretón de manos fue diferente a todos los demás, tanto que desde entonces no he vuelto a dar uno sin acordarme de él.

Cuando lo hablo con mis compañeros me preguntan qué tuvo de especial ese apretón para darle tanta importancia. Si fue la fuerza, lo sudada que estaba la mano o el olor de la otra persona. Cuando hago una pausa para darme importancia antes de responder, todos me observan extrañados. Las uñas, digo soportando sus miradas de incredulidad. Fueron sus uñas.

La reacción es siempre la misma: cejas alzadas, risas, comentarios de todo tipo… pero también, y eso es lo que más gracia me hace, miradas de reojo a las uñas propias y ajenas; y es entonces  cuando alguno entreabre la boca como entendiendo a lo que me refiero.

Las uñas en general pasan desapercibidas, pero no dejan de decir mucho de una persona. Y en un apretón de manos pueden servir para conocer al dueño de esa mano. De esas uñas. En el caso del apretón que cambió mi perspectiva sobre los apretones de manos eran unas uñas largas y ennegrecidas de roña. Impropias de alguien vestido de traje caro con ganas de impresionar, como era el caso. Al principio la revelación me produjo asco pero, desde entonces, la experiencia me ha enseñado a ver más allá.

Ahora me fijo, por ejemplo, si la limpieza de las uñas va acorde a la apariencia general de mi interlocutor. Con su peinado o sus zapatos. Eso ya te hace ver cómo de pulcra es una persona. Porque no nos engañemos: la pulcritud suele ser un valor global; si se es pulcro al vestir es fácil que se sea en el trato y en el trabajo. También pueden verse los excesos, como esos hombres  con manicura impecable, cutículas recortadas y bordes ligados. Esos tampoco me dan buena espina. Ningún exceso es bueno.

Otra cosa en la que me fijo es en la longitud de las uñas. Especialmente si todas tienen la misma longitud excepto la del meñique. Nunca he entendido para qué se dejan algunos hombres la uña del meñique más larga que el resto… no se me ocurre ninguna función higiénicamente buena para una uña de meñique larga.

Pero para lo que más sirve fijarse en las uñas es al iniciar una negociación importante. Unas uñas descuidadas te dan una idea de cómo va a ir la cosa. Si están mordidas probablemente haya mucho nerviosismo en el lado contrario. Cuando me encuentro personas así afronto mi labor con tranquilidad. Hacedme caso, digo a mis compañeros cuando termino de explicarles todo esto. Las uñas nunca mienten.

 

Foto de portada: ©Geralt

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1 comentario en «Las uñas»

  1. La uña larga del meñique la usaban los secretarios de Notarias en los pueblos grandes : partidos judiciales.
    Por tanto significaba una prosición de oficinista, muy cotizado entre las féminas .Con esa uña manejaban los folios diligentemente.

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