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Las manos

Cuando me fijé en ella no reparé en su cara, en cómo iba vestida o en su forma de mirar. No es que de normal no preste atención a esas cosas, sería absurdo decir lo contrario; simplemente la miré de abajo a arriba, siguiendo el hilo de la mesa grande que nos separaba de un lado al otro de la habitación. Mi vista zigzagueó entre los vasos de la fiesta, las botellas medio vacías y los platos sucios de comida hasta encontrarse con su copa, tintada de rojo y con un leve toque de carmín en el borde. Era una reunión informal, un cumpleaños o algo así, con mucha gente que no se conocía unida por su relación con el homenajeado. De esas que o salen genial o son lo más incómodo del mundo.

No vi su cara o su vestido, decía. Vi sus manos. Eran unas manos finas, elegantes, de cuidada manicura francesa, blancas y de aspecto suave y jovial. Unas manos dignas de modelar frente a Rafael o Miguel Ángel para una de sus Madonnas. Unas manos perfectas. La sencillez de la piel se rompía en dos ocasiones, una en anular de la mano derecha, en el que llevaba un solitario de oro blanco con una piedrita azabache, y la segunda en el meñique de la izquierda, adornado por una sortija gruesa, lisa y plateada. Aferraban la copa con serenidad, atentas a la conversación que alguien les daba. Subía una de cuando en cuando, quedando la otra sobre la mesa acariciando el reborde oscuro del esquinazo antes de volver a aprisionar el pie de cristal y tamborilear sobre él con los nudillos.

Por encima de esas manos perfectas había un cuerpo, un cuello y una cara, pero nunca los miré. No quise subir la vista más allá del reborde manchado de pintalabios de la copa, ya que el hechizo podría romperse con la mínima imperfección del rostro, de un corte de pelo asimétrico o unas gafas horteras. Gestos dulces y pulcritud biológica, eso era todo lo que necesitaba en aquel momento. Apenas conocía a nadie allí, por lo que pude demorarme en paladear cada movimiento de esas manos embobado ante su perfección. A ojos del resto debí parecer un enfermo fetichista pero poco me importó.

Al rato las manos se zarandearon, dejaron la copa a un palmo del borde de la mesa y despegaron esfumándose tras una espalda tan blanca como los pliegues de sus nudillos. Sin sombras ni manchas. La figura se alejaba, menuda y elegante, zarandeando los brazos en los que las manos bailoteaban al final de cada contoneo de cadera. Alcancé a ver lo que me pareció una melena corta, al ras del hombro, y el meñique de la zurda despidiéndose juguetón al desaparecer por la puerta que daba a un pasillo. Las manos me abandonaban dejándome el regusto dulce de su perfección en la retina.

Quizá debí de haber hablado con la dueña de las manos. Quizá nos habríamos llevado bien, habría sido una mujer guapa e interesante con la que comenzar una relación. Puede que, incluso, hubiéramos intimado, y con suerte habría llegado a acariciar, a tomar, a besar esas manos de las que hablo ahora febril de memoria. Pero es que ahí es donde reside la belleza. En que todas esas cosas, esas posibles alternativas, no ocurrieron. Y por eso puedo hablar ahora de esas manos: un recuerdo perfecto que atesoraré hasta que, si acaso, mi mente lo olvide marchita por la vejez.

 

Foto de portada: ©Silvija74 

 

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2 comentarios en “Las manos”

  1. Una ensoñación romántica , suave con la descripción de los detalles.Se gravará en la mente del narrador con todo el encanto …queda la duda…irá a los mismos sitios para encontrarla …?

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  2. Que forma de describirla , detallada , todo se queda en la memoria , como una fotografía . Volverá a pasar por aquel lugar ?

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