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Las dos caras del genio

El silencio era sepulcral en el salón principal del Palacio de Villahermosa, con el público profundamente conmovido por la resonancia de las últimas notas que brotaban de los dedos del genio austríaco. Jamás en la capital se había escuchado un piano sonar así, y prueba de ello eran las efusivas ovaciones que se llevaba el intérprete al terminar cada una de las siete piezas que formaban el programa de su debut en España. Nadie había querido perderse la ocasión de disfrutar de Franz Liszt en directo pese al elevado precio de las entradas, que ascendía a cuarenta reales por butaca.

Los aplausos, bravos y demás muestras de admiración habían sustituido a la extrañeza de ver un piano solo en medio de la sala, sin más acompañamiento o interrupción que los saludos del artista cuando se levantaba de la banqueta. En Madrid no era habitual ese tipo de concierto, pues lo que de verdad estaba en boga era la ópera italiana, algo que muy astutamente había utilizado el genio a la hora de confeccionar el programa: temas de Guillermo Tell, Lucia di Lammermoor, Norma o I Puritani se sucedían haciendo las delicias del respetable, con los criados riéndose desde lejos al ver a sus amos apretados en las primeras filas para contemplar desde más cerca a su ídolo.

Tras la última obra todo el mundo se puso en pie, aplaudiendo a rabiar olvidándose del decoro exigido a los de su clase; un arrebato desaforado se había adueñado de los presentes ante la maestría con la que aquel apuesto caballero de treinta y tres años recién cumplidos acariciaba el teclado. Toca como si Dios guiara sus dedos, decían los más piadosos. Yo creo que le posee el mismo Diablo, apostillaban otros mientras los periodistas improvisaban recargadas frases con las que iniciar sus crónicas de la velada.

Por su parte Liszt disfrutaba de la atención que la gente le brindaba; especialmente del impacto que causaba en toda dama sobre la que posaba su penetrante mirada. No importaba la edad, pues todas ellas sucumbían ante su lustrosa melena, la dureza de sus facciones y la exquisita elegancia con la que se movía en el escenario. Era todo un galán, y él lo sabía. Por ello adornaba sus actuaciones con vistosos aspavientos fijando su vista en las mujeres más atractivas hasta que ellas se cubrían con su abanico ruborizadas. A veces incluso lanzaba al aire un pañuelo, divertido ante el revuelo causado por las más distinguidas señoras pegándose por él ante la impotente –y al mismo tiempo llena de envidia– mirada de sus maridos.

Ya de madrugada pudo por fin retirarse a sus aposentos después de una agotadora conversación con los últimos aristócratas que se resistían a dejarle descansar, siendo informado de que la reina Isabel iba a concederle la cruz supernumeraria de Carlos III cuando actuase para ella en palacio. Por supuesto nadie en la corte se lo iba a perder bajo ningún concepto. Despidiéndose con la última galantería de su repertorio, se recluyó en su habitación dejándose caer cuan largo era en la cama sin siquiera quitarse la levita. Con un gesto cansado se aflojó el nudo del corbatín y cerró los ojos.

La noche estaba muy próxima al alba cuando se levantó para quitarse el traje. Podía haber acabado compartiendo alcoba con cualquiera de las jóvenes señoritas que había conocido tras su recital, pero no estaba de humor. A ojos del mundo su gira por España no era más que un intento de demostrar a la intelectualidad europea que era un artista internacional capaz de triunfar en cualquier lugar del globo, incluso en la exótica península ibérica. Sin embargo para él los motivos eran otros, destacando por encima de todos ellos un nombre: Marie d’Agoult. Su ruptura con la madre de sus tres hijos todavía pesaba en su conciencia, y ni la admiración de los nobles ni el calor del público iban a remitir su pesadumbre. Sólo el tiempo aplacaría el dolor que le embargaba, pero hasta que eso ocurriese tenía que mantener su fachada de ídolo encantador y brillante intacta. Aquel era su don y su maldición, las dos caras del genio que le valdrían un lugar destacado entre los mitos universales de la historia de la música.

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